El peso de la almohadilla #

Rendirse es de cobardes; Sigue luchando, no des un paso atrás ni para coger impulso; no te des por vencido… Nuestro acervo proverbial está lleno de máximas como éstas para, en teoría, sacar fuerzas que nos ayuden a salir airosos de las situaciones difíciles.

De un tiempo a esta parte, es como si todas las personas que conozco, incluida servidora, estuviéramos pasando por situaciones difíciles.  La mía es fácilmente reconocible, porque tiene una etiqueta de ésas que no ofrecen duda: estoy EN PARO. Lo digo alto y claro, porque durante estos tres meses de “Mi vida sin nómina”, he coincidido en varios foros, ya fueran de formación o incluso reuniones familiares, en los que descubrí con estupor que, de los allí presentes nadie, salvo yo, estaba EN PARO. Al menos, nadie lo reconocía a las primeras de cambio. Después, fui constatando que la cuota del muchitantos por ciento de marras no es una broma del telediario y que, efectivamente, había unas cuantas personas (concretamente las que miraban hacia otro lado cuando salía el tema), que estaban tanto o más EN PARO que yo.

Me dio qué pensar. Las etiquetas nos encantan, más que nada porque ordenan nuestra realidad. Usarlas nos resulta natural de puro necesario, pero lo que de verdad nos apasiona es diseñarlas y ponerles la almohadilla #, para asegurarnos de que ninguna de las cualidades con que las hemos aderezado se salga de ahí. El reparto de etiquetas es fácil, “ésta pa mí, ésta pa ti”. El problema llega cuando nos cambian las nuestras, así, sin consultarnos ni preguntarnos si nuestros pies encajan en esos nuevos zapatos. Un día te pueden encontrar en #jasp y al día siguiente podrías estar en #perroflauta. Ahí  es cuando recurrimos a las máximas del principio, ¿no? Porque todo el mundo sabe que rendirse es de cobardes, por lo que si reconozco que estoy EN PARO, es como si me rindiese, como si estuviera reconociendo que no soy válido en esta sociedad, que soy un vago, que estoy chupando del bote… Cuestionar las etiquetas no, eso nunca. Las etiquetas están por encima del bien y del mal, son  minidiosas a las que hay que respetar y venerar, aunque nos vaya la vida en ello.

Sí, sí, ya sabemos todos que la culpa de la #crisis la tienen los #especuladores, los #políticos, los #empresarios, los #medios de comunicación, los #bancos, mi #vecino… Pero llegados a este punto, tenemos pocas opciones: podemos morir aplastados por el peso de la almohadilla y la parálisis a que nos condena su fe en ella o rendirnos para ganar. Rendirnos ante nosotros mismos, analizar bien nuestra situación personal para buscar las herramientas que no sólo nos hagan salir adelante, sino que nos fortalezcan. Volver atrás, aunque sólo sea para darnos cuenta de lo que no debemos o no queremos volver a hacer. En definitiva, asumir la responsabilidad que tenemos hacia nosotros mismos y actuar, crearnos nuestra propia #etiqueta.

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10 pensamientos en “El peso de la almohadilla #

  1. Qué bueno es encontrarte también aquí y ver que por fin podré leer esas palabras que te inventas y estas reflexiones que en otros tiempos y ahora algunas veces disfruto contigo al sabor de un café o una cervecita 😀
    Me encanta el nombre del blog, la mezcla y la creatividad que destila este espacio…!
    Un beso y escribe mucho porque nos encantas mujer sentipensante !

  2. Me encanta Susana. Seguro que una gran inventora de palabras puede ser una gran inventora de etiquetas, de esas que nos ayudan a crecer y conocernos mejor a nosotros mismos.

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