Planes para septiembre

Este martes llegó preñado de otro tiempo. Hoy, al abrir la ventana, entró con el aire la queja de un verano que reclama su propio descanso y, hastiado ya de su propio estío, de reflexión, playa y silencios; de encuentros y desencuentros, escapadas, trabajo desganado e inconcluso… anuncia su despedida.

En los cajones dejará algún que otro souvenir y, justo ahí, detrás de la puerta, una mochila cargada de planes que iremos desplegando, con más o menos éxito, para seguir salpicando de baldosas amarillas un camino algo incierto, pero de meta clara: llegar a  CASA, una con todas las letras: C de Crecer y Compartir; A, de Avanzar y Afianzarse; y S, de Soñar y Sembrar.

Nuestra ruta se reanuda en Septiembre. Vuelven los amigos, las aficiones, la voz real al otro lado del teléfono en las oficinas (tan hueca en el contestador, como un vulgar decorado de cartón piedra). Se reanuda, sí, pero sobre todo abre la puerta a nuevos paisajes, refresca nuestro mapa y nos ofrece otros nortes, brindando la oportunidad de resetear nuestra brújula algo gastada ya.

Septiembre se lleva la vida meliflua, el olvido, el stand bye… y, con la irrupción de su soldado número 1, comienza de veras el año nuevo, ése que se deja de intenciones (para eso están los eneros), pasando directamente a la acción.

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Universo matrioska

Tu mundo dentro del mundoSeguro que alguna vez has fantaseado con la idea de que nuestro mundo podría no ser más grande que el ala de un insecto insignificante, que a su vez formase parte de otro mundo contenido en un universo matrioska.

Sentirse pequeño, nimio, es el primer paso para cuestionarnos el porqué de nuestra existencia. Entonces, tendemos a elegir entre dos caminos: atribuirnos una pequeña/gran misión y convertir su búsqueda en el motor de nuestra vida, u obviarla, a sabiendas de que existe e ir dejando que pasen los días, conformándonos con una perspectiva plana del mundo y de nuestro papel en el mismo, intentando sobrevivir sin pensar demasiado.  En cualquier caso, creo que lo habitual es oscilar entre uno y otro, en función de nuestra energía y las injerencias del entorno.

Algo similar subyace en “Instrucciones para un descenso al infierno” (Doris Lessing, 1971); la historia de un profesor de literatura clásica que, a sus 50 años, se ve sumergido en una especie de viaje al inframundo, un recorrido por el subconsciente, tomando como referencia las vivencias deformadas de su realidad. Su delirio le lleva al área de psiquiatría de un hospital londinense y durante las casi 300 páginas, al lector (al menos a servidora) le resulta más creíble el viaje que la vida. En el sueño (o la realidad, según se mire), el protagonista lucha por sobrevivir en un continuo enfrentamiento consigo mismo, una lucha que disfraza con la aparición de bestias imposibles, seres mitológicos… entremezclados con los personajes de su vida despierta.

La autora nos muestra, mediante las cartas de sus familiares y conocidos, a un protagonista nada heroico, más bien egocéntrico y desagradecido. Una imagen lejana a la del mesías que él mismo intenta encontrar en su particular viaje astral.

Aunque parezca una visión centrada únicamente en el personaje principal, el texto respira una mezcla equilibrada entre las dudas existenciales que asolan al ser humano y los grandes problemas de la sociedad global: la lucha sinsentido centrada en resaltar las diferencias físicas, culturales o religiosas de una sola especie, la raza humana.

Queda al desnudo el dañino afán de justificar nuestros actos en el cumplimiento de un deber superior, en sentir y cumplir la llamada, confundiendo las cosas pequeñas y verdaderamente importantes, con una acción ejemplar y superior a la del resto.

Fin de fiesta

Hace una luna espléndida, grande y cremosa. Se me antoja francesa, cálida y distante a la vez, como Claude.

Si ella estuviera aquí, se quedaría mirando al cielo, apartándome de su mundo y cerrando la ventana que sólo a veces, las menos, dejaba entreabierta, permitiendo que me asomara a su burbuja.

“Un poco de contaminación no viene mal”, solía decirme cuando me dejaba probar algo de su irrealidad: un compendio de fiestas privadas en las que yo nunca era bien recibido. Mis sentimientos carecían de sentido de la estética, así que siempre se presentaban ante el matón que custodiaba los jolgorios de su alma, en calcetines blancos y deportivas. “Tú no puedes pasar”, y me quedaba fuera. Y Claude se reía de mí, claro. ¿Acaso pretendía formar parte de su espectáculo rojo con un corazón tan desaliñado como el mío?

Durante ese tiempo tuve que conformarme con verla bailar al ritmo suave de sus caderas, a veces, sólo a veces, sobre las mías.

Y fue precisamente una noche de fiesta, cuando estalló su burbuja. Las explosiones luminosas marcaron el compás de la descarga: derrame cerebral.

Al día siguiente llegó una invitación. Claude organizaba su última puesta en escena y esta vez me quería allí. Acudí al baile de disfraces; estaban los de siempre, los perennes invitados. El matón llevaba sotana. Esta vez me dejó pasar; para ese día escogí mis zapatos negros.

Me acerqué a la anfitriona, iba vestida de sueño. La saqué a bailar y me rechazó. Le pregunté: “¿Por qué no quieres bailar conmigo, Claude?”. Su respuesta, aunque inaudible, fue clara: “Llevas zapatos negros”.

Hace una luna espléndida y yo, con zapatos negros.

 

Síndrome de Estocolmo

“No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor”. (Alejandro Dumas)

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Dicen que los bebés vienen al mundo con un pan bajo el brazo, pero lo cierto es que nacemos con una mochila invisible, un saco paradójico que nos salva y nos asfixia, en un duelo de equilibro inconstante en el que a menudo, gana el gemelo malo.

El miedo nos salva, sí; es nuestro guardaespaldas, nuestra mejor versión, una emoción necesaria para sobrevivir. En él delegamos la elección de evitar, enfrentar o salir huyendo del peligro. Pero también nos anula, se apodera de lo que somos, haciéndonos creer que cualquier iniciativa o cualidad distinta a las que él establece, nos condenará.

Al principio es fácil, sólo tenemos que dejar la luz encendida para tenerle contento, así la noche y sus monstruos nos dejarán en paz. Pero la bolsa crece y cambia con nosotros. Y un día te ves en clase, sabiendo la respuesta y sin levantar la mano, porque él, que ahora se llama vergüenza e inseguridad, te ha convencido de que si lo haces, serás el empollón, se reirán de ti.

Empiezas a cederle espacio, aunque también brotan en tu interior conatos de rebelión. Resulta que el germen de la experiencia y la valentía también han prendido en ti, y de vez en cuando, el miedo prueba la arena. Ocurre, por ejemplo, el día que te atreviste a hablar con ella, o cuando decidiste ponerte esa camiseta por segunda vez, a pesar de las burlas de aquel grupito. Pasa el tiempo, y vas forjando tu pequeña colección de momentos heroicos.

Pero el miedo es ambicioso, astuto…, sabe buscarse aliados. Armado con una buena dosis de ignorancia y comodidad, puede llegar a ser letal. Sus caras son infinitas porque la mayoría de ellas no existen o han sido artificialmente creadas. Permanece acantonado en cada esquina de nuestro día a día, esperando el momento adecuado para atacar.

A veces, se esconde tras la doble moral de los poderes instaurados en nuestra sociedad; también en las ciudades y su urbanismo fantasma, tras los barrios “buenos” y decentes, bien separados de los barrios “malos”; en el “pero”, en el “no puedo”… En cualquier cambio de dirección que no haya venido impuesto por su doctrina del “no pienses, no hagas, no seas”.

El Hombre del saco nos tiene presos, se ríe de nosotros sabiéndose poderoso de puro débil.  Si llegásemos a comprender que tan sólo es un abusón, que plantarle cara bastaría para resquebrajar sus cimientos… No es sencillo, el secuestro prolongando nos sumerge aletargados en un profundo Síndrome de Estocolmo.