Señales de humo

Primero, desobedecieron mis manos: una apresó el cigarro y la otra el mechero. Ambos aguardaban su momento, agazapados hacía meses en el cajón de los cubiertos. Después, mi boca se sumó al motín, permitiendo que el pitillo enrojeciera y dando paso al placer intenso de la primera calada. Ahora, era la memoria quien me traicionaba al recordarme, no sin cierta nostalgia, la causa de mi primer Ducados: quería impresionar a David.

Miré alrededor, esperando alguna amonestación por quebrantar mi promesa antitabaco, pero nadie me regañó: las fotos de la estantería seguían escupiendo sonrisas mudas, recordándome que dentro no había nada, que mi vida se había esfumado con ellos en ese accidente.

El perro se ha comido mis deberes

Echar balones fuera es una constante en nuestra sociedad, tanto que podría utilizarse como reclamo turístico. Quizá a las arañas que han tejido y tejen los hilos no les interese fomentar una educación que forme a personas responsables de sus actos, porque, en buena medida, significaría otorgarles el control de su propio rumbo, y con ello su red pegajosa se iría al traste.

En nuestro afán por atajar, hemos sustituido la Responsabilidad por la Culpa, casi siempre ajena, no vaya a ser que tengamos que asumir un camino aún sin trazar. Esa falta de responsabilidad es algo tan arraigado, que incluso nos hemos inventado dioses, seres superiores, para poder justificarnos y decir que las cosas pasan porque Él así lo quiere… ¡Venga ya!

“¡Qué mala suerte tengo! No he aprobado”; “¿Cuándo encontraré un empleo normal? Siempre me tocan malos compañeros y peores jefes”; “Si mi pareja no fuera tan (añádase cualidad al gusto), yo sería mucho más feliz en la relación”… Y así un largo etcétera de culpables que trufan nuestro día a día de un profundo malestar.

Si has pasado por varios empleos y en todos ellos te has sentido mal por conflictos con tus jefes o compañeros, quizá, además de desahogarte con el primero que pilles sobre lo mal que se han portado contigo, debas dedicar un tiempo a reflexionar sobre qué es lo que te lleva a tener unas relaciones laborales o personales tóxicas.

Cada una de las culpas que generosamente donamos, nos hace un poco más débiles. Así, envenenamos nuestro día a día, dejamos la responsabilidad para otros porque, en cierto modo, no confiamos en nuestra capacidad para tomar las riendas de la situación y preferimos adoptar el papel de víctima.

Si nos tomásemos en serio la tarea de cronometrar el tiempo diario que dedicamos a culpar al resto del mundo de las cosas que nos ocurren o contabilizar el número de veces que lo hacemos, creo que nos sorprenderíamos.

No estoy hablando de personas en situaciones realmente desbordantes y con muy poco margen de actuación. En esos casos, suele ser al revés, nos sentimos los malos de algo que no sabemos ni cómo ha llegado a ocurrir, nos tragamos toda esa culpa y nos quedamos aislados con ella.

Hablo de individuos egoístas, como tú y como yo, que pueden permitirse el lujo de estar una o dos horas abrasando a la víctima de turno con las quejas sobre lo imbécil que es tu jefe o lo bruja que es esa compañera de trabajo, o que tu pareja no te entiende, o lo mal que van las cosas en general… y así hasta comprobar que todas o casi todas las personas y entorno con que te relacionas son culpables de ese malestar.

La suma de todos esos pequeños/grandes conflictos del día a día, empaña nuestra existencia y la de los que nos rodean, nos empequeñece. No es sencillo asumir un papel que desconocemos, pero está en nuestra mano iniciar el aprendjizaje y dejar de culpar al perro, por haberse comido nuestros deberes.

La sombra de lo que fuimos


Querer volver atrás es algo así como intentar darle cuerda a un reloj de arena: no hay ruedecilla que manipular; sólo queda esperar a que los granos se junten y repetir el giro tantas veces como se nos permita, para recomponer la escena perdida.

Entre vuelta y vuelta, ajenos al perverso mecanismo que esconde esa aparente simplicidad, nos afanamos en postergar encuentros, acciones, promesas…, en la creencia de que, más adelante, seguirán allí, esperando por nosotros, como instantes congelados.

Nos dejamos seducir por espejismos creados a voluntad propia, como sucede en ese duermevela en que sabemos que debemos hacer algo y nuestro cerebro boicotea el despertar, recreando la ilusión de que ya lo hemos hecho. Así, la conciencia deja de molestar y nos permite seguir durmiendo hasta que se hace tarde.

Llegado el momento de cobrar, las deudas llaman a nuestra puerta: un día es la nostalgia, otro la soledad. Enseguida se presentan también la necesidad y la culpa. Es entonces cuando regresamos a los cuartos donde guardábamos para luego.

Sacamos el manojo de llaves, algo nerviosos, apurados por el plazo que vence; abrimos una puerta y luego otra, y así, hasta comprobar que todas las habitaciones tienen un único huésped. Alguien que nos recuerda vagamente a quien se alojó allí por vez primera: la sombra de lo que fuimos.

El Síndrome de ‘Une los puntos’

Teléfono escacharradoPedro, por teléfono, a su novia Eva:

– “¿Hola, ¿qué tal anoche?”

Eva:

– “Bien. Oye, ¿podemos quedar luego? Me gustaría contarte algo y no quiero hacerlo por teléfono”.

Cuando llegan a la cita, sin dar opción a que Eva le salude siquiera, Pedro le espeta:

-“Lo siento, pero no puedo perdonarte”-. Y se va.

Puede que Eva fuera a contarle algo a Pedro lo bastante importante para ella como para no hacerlo por teléfono (aunque no necesariamente fuera algo negativo); puede que ella misma pensara poner fin a la relación o que simplemente quisiera darle una sorpresa agradable. En cualquier caso, Pedro, con sus conjeturas, se hizo su composición y decidió pasar por encima de cualquier otra posibilidad, dando por cierta su teoría, al margen de los hechos.

La comunicación con los otros (aliñada con el aceite de nuestro diálogo interno) da como resultado, en numerosas ocasiones, una criatura que poco o nada tiene que ver con el mensaje original.  Además de la intromisión de la propia personalidad, la experiencia, el entorno… estas distorsiones del contenido suelen venir de la mano de un personaje responsable de muchos malentendidos y de los daños colaterales que conlleva: la SUPosición.

Jaleados por la soberbia y nuestras sólidas dotes adivinatorias, estamos seguros de que conocemos las intenciones del otro y su forma de pensar. Así, de un simple “Buenos días”, podemos llegar a extraer conclusiones que, despojadas del ruido profético, pueden resultar incluso paranoicas, según qué, quién y con qué intencionalidad lo haya expresado realmente.

Completar el mensaje del otro, en función de lo que se cuece en nuestro corazón y nuestro cerebro, es inevitable y necesario (si hubiera que explicarlo absolutamente todo… ¡Sería agotador!). Ya, desde bebés, nuestra incapacidad para comunicarnos usando las palabras, obliga a servirnos de la comunicación no verbal para entender y hacernos entender. Pero ese mecanismo de supervivencia, crece y en algunas situaciones degenera hasta una especie de Síndrome de Une los Puntos (SUP), donde el Frankenstein resultante puede llegar a obstaculizar seriamente la conexión con determinadas personas de nuestro entorno más próximo.

Con el SUP oímos, pero no escuchamos; seleccionamos todo o parte del mensaje que nos llega y proyectamos una escena, apoyándonos en lo que creemos que el otro insinúa, en lo que nosotros pensamos del otro y lo que imaginamos que piensa de nosotros.

Unimos los puntos, aunque dudemos. Nos cuesta un mundo hacer el ejercicio de preguntar al otro para asegurarnos de haber entendido bien y dejamos que nuestro lápiz interno deambule por el croquis de una plantilla prediseñada e incompleta a la que otorgamos el valor de la verdad.

Es por situaciones como esta, tan cotidiana y determinante a la vez, por lo que debemos trabajar y mejorar nuestras herramientas de Comunicación con los otros. Porque, independientemente de que la conversación sea entre una pareja de novios, con tu padre, con tu hermana, con tu socio, tu compañero o tu jefe, al final, si no hay verdadero entendimiento, tu vida es sensiblemente peor.

Cambiar el final de la historia, está en tu mano:

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