La sombra de lo que fuimos


Querer volver atrás es algo así como intentar darle cuerda a un reloj de arena: no hay ruedecilla que manipular; sólo queda esperar a que los granos se junten y repetir el giro tantas veces como se nos permita, para recomponer la escena perdida.

Entre vuelta y vuelta, ajenos al perverso mecanismo que esconde esa aparente simplicidad, nos afanamos en postergar encuentros, acciones, promesas…, en la creencia de que, más adelante, seguirán allí, esperando por nosotros, como instantes congelados.

Nos dejamos seducir por espejismos creados a voluntad propia, como sucede en ese duermevela en que sabemos que debemos hacer algo y nuestro cerebro boicotea el despertar, recreando la ilusión de que ya lo hemos hecho. Así, la conciencia deja de molestar y nos permite seguir durmiendo hasta que se hace tarde.

Llegado el momento de cobrar, las deudas llaman a nuestra puerta: un día es la nostalgia, otro la soledad. Enseguida se presentan también la necesidad y la culpa. Es entonces cuando regresamos a los cuartos donde guardábamos para luego.

Sacamos el manojo de llaves, algo nerviosos, apurados por el plazo que vence; abrimos una puerta y luego otra, y así, hasta comprobar que todas las habitaciones tienen un único huésped. Alguien que nos recuerda vagamente a quien se alojó allí por vez primera: la sombra de lo que fuimos.

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