El perro se ha comido mis deberes

Echar balones fuera es una constante en nuestra sociedad, tanto que podría utilizarse como reclamo turístico. Quizá a las arañas que han tejido y tejen los hilos no les interese fomentar una educación que forme a personas responsables de sus actos, porque, en buena medida, significaría otorgarles el control de su propio rumbo, y con ello su red pegajosa se iría al traste.

En nuestro afán por atajar, hemos sustituido la Responsabilidad por la Culpa, casi siempre ajena, no vaya a ser que tengamos que asumir un camino aún sin trazar. Esa falta de responsabilidad es algo tan arraigado, que incluso nos hemos inventado dioses, seres superiores, para poder justificarnos y decir que las cosas pasan porque Él así lo quiere… ¡Venga ya!

“¡Qué mala suerte tengo! No he aprobado”; “¿Cuándo encontraré un empleo normal? Siempre me tocan malos compañeros y peores jefes”; “Si mi pareja no fuera tan (añádase cualidad al gusto), yo sería mucho más feliz en la relación”… Y así un largo etcétera de culpables que trufan nuestro día a día de un profundo malestar.

Si has pasado por varios empleos y en todos ellos te has sentido mal por conflictos con tus jefes o compañeros, quizá, además de desahogarte con el primero que pilles sobre lo mal que se han portado contigo, debas dedicar un tiempo a reflexionar sobre qué es lo que te lleva a tener unas relaciones laborales o personales tóxicas.

Cada una de las culpas que generosamente donamos, nos hace un poco más débiles. Así, envenenamos nuestro día a día, dejamos la responsabilidad para otros porque, en cierto modo, no confiamos en nuestra capacidad para tomar las riendas de la situación y preferimos adoptar el papel de víctima.

Si nos tomásemos en serio la tarea de cronometrar el tiempo diario que dedicamos a culpar al resto del mundo de las cosas que nos ocurren o contabilizar el número de veces que lo hacemos, creo que nos sorprenderíamos.

No estoy hablando de personas en situaciones realmente desbordantes y con muy poco margen de actuación. En esos casos, suele ser al revés, nos sentimos los malos de algo que no sabemos ni cómo ha llegado a ocurrir, nos tragamos toda esa culpa y nos quedamos aislados con ella.

Hablo de individuos egoístas, como tú y como yo, que pueden permitirse el lujo de estar una o dos horas abrasando a la víctima de turno con las quejas sobre lo imbécil que es tu jefe o lo bruja que es esa compañera de trabajo, o que tu pareja no te entiende, o lo mal que van las cosas en general… y así hasta comprobar que todas o casi todas las personas y entorno con que te relacionas son culpables de ese malestar.

La suma de todos esos pequeños/grandes conflictos del día a día, empaña nuestra existencia y la de los que nos rodean, nos empequeñece. No es sencillo asumir un papel que desconocemos, pero está en nuestra mano iniciar el aprendjizaje y dejar de culpar al perro, por haberse comido nuestros deberes.

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2 pensamientos en “El perro se ha comido mis deberes

  1. “Cada una de las culpas que generosamente donamos, nos hace un poco más débiles”, lo tendré en cuenta la próxima vez que caiga en la tentación de hacerlo. Es una de esas actitudes que veo muy cargantes en los demás pero en las que reconozco que a veces caigo.
    Como siempre, un post genial e inspirador.
    Gracias

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