Sucedáneo

Los cambios, la rapidez con la que se suceden, demandan agentes propios que se ocupen de gestionar la nueva situación. Pero, tanta originalidad en tan poco tiempo y con pocos recursos para vestirla, da lugar a un tablero similar al del juego “Quién es Quién”.
Ocurre que después de un rato, ya estamos todos identificados.

Aún así, recurrimos a todo tipo de accesorios para meternos en la piel de personajes que aún no conocemos; luchamos para dejar atrás a ese tipo mediocre y convertirlo en alguien distinto, nuevo.

Me inclino a pensar que muchas de las novedades con que nos bombardeamos unos a otros desde todo tipo de plataformas, son meros disfraces.  Se presentan como fórmulas mágicas, pero usan el humo como ingrediente principal. Son postales, promesas de un paisaje distinto a ese del que nos quejamos, en un intento de salvaguardar nuestra dignidad ante la condena a un doloroso destierro.

En aras de no se sabe muy bien qué, acudimos a nuevas maneras, arquitecturas efímeras que, a menudo, desaparecen al cruzar la puerta.

Los verdaderos cambios no pasan por crear una versión adulterada de nosotros mismos, sino que son el fruto de una actitud constante y disciplinada de mejora. Olvidamos que, para cambiar, no es necesario anular nuestro sello ni renunciar a lo que originalmente ya somos. Desprendernos de lo esencial puede dar como resultado un sustituto de mala calidad, un mero sucedáneo de lo que realmente somos capaces de ofrecer.

Eva en el bosque


El sueño (Gustav Klimt)

Era preciosa. Las pequeñas gotas que acariciaban sus estrías de un color plateado, casi blanquecino, la hacían parecer aún más bella. La hojita, ajena a su hermosura, besaba los pies de la joven, como tantas otras hermanas suyas lo hacían, a medida que ésta se abría paso entre el manto verde. La muchacha agasajada parecía no necesitar más para ser feliz. Como si caminar descalza sobre la suavidad del amanecer, fuese suficiente.

         A unos metros de distancia, Eva observaba perpleja el espectáculo. La chica del bosque se le parecía tanto… Pero no, nada que ver. Ella, en las mismas condiciones que su igual, sólo era capaz de percibir la humedad incómoda que el suelo sucio y la hojarasca inyectaban en sus pies descalzos.

         Sin más, y para su satisfacción, la imagen desapareció. Eva se decidió a avanzar. Le atraía la idea de pisar el escenario donde su fantasma había estado bailando.

         Pero, todos los esfuerzos fueron en vano, no lograba dar un solo paso. El más leve movimiento le suponía empeñar todas sus energías en realizarlo.

         En un intento desesperado por desplazarse, sintió cómo su cuerpo caía suave, lentamente, como si fuera una de las serviles hojas que antes abrazaban los pies de la idéntica desconocida.

         No luchó por levantarse, se abandonó gustosa al cálido y protector envoltorio natural que, ahora, la mimaba a ella.

         Abrió los ojos y ahí estaba su ídem, mirándola fijamente. En esta ocasión, era Eva la observada, aunque tampoco le importó. Le gustaba la forma en que esos ojos, tan familiares y desconocidos a la vez, la estaban analizando.

         Eva sintió que algo se movía en su interior. Quiso sonreír, pero, para su sorpresa, fue su clónica quien lo hizo. Entonces, quiso hablar, también sus pensamientos tomaron forma de voz en la garganta de ese extraño holograma idéntico a ella.

         _ ¿Quién eres tú?_  las palabras resonaron en su mente y en su cuerpo, y lo hicieron tantas veces, que acabaron por perder su significado.

         _ ¿Quién eres tú?, ¿quién eres tú?, ¿quién eres tú?… y dentro de las palabras ya no había nada, sólo un hueco silueteado por unas cuantas letras, unidas de modo aleatorio.

Alivio y decepción. Eso fue lo que sintió Eva al despertar. Alivio, porque el sueño en el que alguien se estaba apoderando de su ser era eso, sólo un sueño; y decepción, porque se había quedado con las ganas de saber más sobre ese personaje, misterioso y extraño que, aún siendo un fiel reflejo de sí misma, le resultaba tan magnético de puro desconocido.

La decepción dio paso a la incertidumbre. El bosque era tan grande… Si Eva reuniera de nuevo el valor suficiente para volver a entrar, aunque fuera en sueños, tampoco tendría garantías de hallarse de nuevo frente a su igual. Quizá esa era la solución, perderse para encontrarse.

 

Mirar al monstruo


Tu verdad aumentará, en la medida en que sepas escuchar la verdad de los otros. 
(M. Luther King).

Éste es uno de los pilares de una buena comunicación interpersonal. Cuántas veces nos hemos sentido frustrados por no saber hacer llegar al otro (ya sea nuestra pareja, un compañero de trabajo, un jefe, nuestra hermana o nuestro padre, un amigo…) lo que pensamos o sentimos. Creo que la respuesta es que estamos tan ocupados en exponer nuestra verdad, que nos parece hasta de mal gusto la idea de que la persona que está enfrente también tenga la suya. No escuchamos, y por tanto percibimos sombras, el reflejo deforme de cosas, a menudo sencillas y fáciles de entender, si se tiene la voluntad de hacerlo. 

Incluso ahogamos nuestra propia voz interior, disfrazándola de predicciones. Nos asusta tanto descubrir quiénes somos y mostrarlo, que nos aferramos a lo que creemos que se espera de nosotros. Damos cuando no se nos pide, esperamos cuando no estamos dispuestos a dar. Y así seguimos hasta que el monstruo nos mira. Puede que le hayamos dado la espalda, creyendo que así desaparecería, pero sigue ahí. Algunos de esos monstruos permanecen escondidos, o se disfrazan de ira, autocompasión, hastío. Otros, se cansan de esperar a que les mires y se plantan ante ti, para cumplir su misión: que los enfrentes. A fin de cuentas, son una parte de ti y merecen tu atención. Quién sabe, quizá lleguéis a ser amigos.

Buscar dentro de uno mismo, es el primer paso para encontrar en los demás. Es un viaje imprescindible para no sentirnos desgraciados, víctimas de las circunstancias y de las acciones de las personas que forman o han formado parte de nuestra vida.

Es necesario ahuyentar el ruido, las barreras que obstaculizan el camino que va desde nuestro interior, al interior de los otros. Merece la pena escuchar. A fin de cuentas, formar parte de las personas que se cruzan en tu camino, es lo que da sentido a nuestra existencia.

Monedas de cobre

A veces, pienso que la libertad, o al menos la sensación de ser libres, pasa por conquistar una serie de ataduras que, en apariencia, elegimos. Nos gusta pensar que decidimos y controlamos, según qué aspectos de nuestra vida, pero en cierto modo, nos quedamos con aquello que nos viene dado. Lo adaptamos a nuestra piel y si no, mudamos la piel hasta que empasta con el nuevo entorno. En el mejor de los casos, logramos encajar en ese molde, adelgazando si nos viene pequeño, o rellenando lo que sobra, con capas de más.

Resulta difícil ir a por algo que se desconoce, cuando la necesidad de encontrarlo aún no ha sido creada. Por fortuna, el paso del tiempo y su legado experiencial  nos ayudan al menos a distinguir o identificar lo que no queremos. Y si no, siempre nos queda el comodín del descarte.

Los cordajes, elegidos o no, son a la vez nuestro refugio y nuestro límite. Resultan cara y cruz de un material dúctil y maleable, como monedas de cobre.

Hace falta valor

Cuando siento que tengo que competir o demostrar lo que “valgo” frente a otros, me bloqueo. De repente, olvido quién soy, se enciende el piloto automático y me convierto en una persona apática, alelada, insulsa y sin energía.

Durante años, pensaba que eso me ocurría sencillamente porque, llegado el caso, los demás eran mejores que yo. Pero, por fortuna, la vida a veces te atiza lo bastante fuerte, como para dejar de buscar una explicación conformista y pararte a pensar sobre cómo eres realmente y por qué no te sientes cómoda en determinadas situaciones.

Ahora sé que entre mis valores personales (personales, no universales y por tanto ni mejores ni peores que los del resto, ¡ojo!) no está el de ganar a costa de lo que sea. Me bloqueo porque, por ejemplo para mí, ser competitivo no es lo mismo que ser competente. Si intento comportarme como una persona competitiva, voy en contra de mí misma, por lo que en ese caso, nunca me sale bien.

Ser como un@ es, en muchos entornos (sobre todo los laborales) no está bien visto o no se valora y, desde luego, no te conduce a lo que ésta nuestra moderna sociedad, entiende por éxito. Por un lado, te dicen que “Lo importante es participar”, pero la realidad es aplastante: a quien suben al pedestal es al ganador

La debilidad y los temores de muchas personas son el caldo de cultivo para sembrar e instaurar conductas que poco o nada tienen que ver con lo que traemos aprendido de casa. Imagina que en el cambio del instituto a la facultad, te encuentras el primer día de clase con alguien a quien conoces. Puede que no fuera tu mejor amigo, pero es del barrio y os habéis visto crecer. Pues bien, cuando vas a saludarle, ves que está charlando con gente nueva y, llegado el momento, finge no conocerte y desvía la mirada. Ésa es la sensación que intento describir. Todos nos conocemos, porque en el fondo, no somos tan distintos. Pero en el momento en que los miedos, la envidia o la inseguridad se alían con la posibilidad o la ilusión de ser “más que los demás”, empezamos a cosificar a aquellos que precisamente, por ser similares a nosotros, podrían ocupar nuestro recién conquistado territorio.

No creo que sea cuestión de buena o mala gente (que haberla hayla, tanto una como otra), ni tan siquiera de jerarquías, pero sí pienso que muchas de las medallas en forma de ISO y chorradas varias en las que empresas y organizaciones emplean un buen dinero no son más que una manera de barnizar un problema mucho más importante que el de protocolizar si un correo se envía con copia al jefe de proyecto y copia oculta al director general o viceversa. Poner en una  página Web un apartado que se titule Misión, Visión y Valores, no elimina el analfabetismo emocional que reina en numerosas empresas y organizaciones, ni hace de ellas un lugar en el que sus “Recursos Humanos” tengan valor por ser quienes son, PERSONAS, no recursos.