Monedas de cobre

A veces, pienso que la libertad, o al menos la sensación de ser libres, pasa por conquistar una serie de ataduras que, en apariencia, elegimos. Nos gusta pensar que decidimos y controlamos, según qué aspectos de nuestra vida, pero en cierto modo, nos quedamos con aquello que nos viene dado. Lo adaptamos a nuestra piel y si no, mudamos la piel hasta que empasta con el nuevo entorno. En el mejor de los casos, logramos encajar en ese molde, adelgazando si nos viene pequeño, o rellenando lo que sobra, con capas de más.

Resulta difícil ir a por algo que se desconoce, cuando la necesidad de encontrarlo aún no ha sido creada. Por fortuna, el paso del tiempo y su legado experiencial  nos ayudan al menos a distinguir o identificar lo que no queremos. Y si no, siempre nos queda el comodín del descarte.

Los cordajes, elegidos o no, son a la vez nuestro refugio y nuestro límite. Resultan cara y cruz de un material dúctil y maleable, como monedas de cobre.

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