Cuidado con la perra

Cuidao con la perra…

Si vivís en Gijón, o habéis paseado alguna vez por su casco histórico, lo más probable es que conozcáis la placa de la foto. Yo la descubrí, como casi todas las cosas que me hacen reflexionar, por casualidad, como si fueran ellas las que vinieran a mí (y me encanta que así sea, da sentido a mis pasos). Había más letreros, sobre todo de sidrerías (otro gran atractivo del Gijón playu), pero éste fue el que me encontró. Al descifrarlo, además de asignarle una historia imaginaria a la perra y a su dueña –lo mismo estoy equivocada, pero en mis pensamientos, la dueña es una mujer y no me pienso contradecir, que para eso ya está el resto del mundo-, recaí en lo mucho que nos cuesta salirnos de lo preestablecido.

Nuestra manera de dirigir el pensamiento me recuerda al modo en que sometían nuestra caligrafía, cuando éramos niños: los renglones, que apenas ocupaban en espacio real un 20% de la hoja, eran la ley. Salirse de ellos, suponía arriesgarse al manotazo, a la llamada de atención, a las burlas del resto. No es que el trazo irregular conllevase graves consecuencias, pero era molesto. ¿Por qué? “Porque eso es así y punto”.

De niños, aprendemos que salirse de la pauta nos relega ante los demás, salvo que algún Excelentísimo Mediocre o un  Muy Señor Nuestro nos dé permiso para salirnos; entonces, seremos genios contemporáneos (si no, tendremos que esperar a llevar muertos algún tiempo para que nos reconozcan una intención en nuestra obra, que en el mejor de los casos, ni siquiera pretendíamos; qué se le va a hacer). Hasta la música, algo que asociamos a un pensamiento creativo, si se quiere, más libre, se escribe en papel pautado.

Supongo que el orden es necesario, pero se me hace imposible entender en qué momento decidimos imponer el absurdo, creérnoslo, hacerlo nuestro hasta el punto de tener que advertir a la manera del peligro, algo inofensivo o incluso beneficioso.

Bueno, la saliva engrasa la lengua, que además de lamer, también ladra y, a veces, hasta muerde. Eso siempre molesta.

Un día cualquiera

El Principito y su rosa

A veces, la vida duele. Escuece, como esos pequeños trocitos de piel que se desprenden del borde de la uña. Dan ganas de seguir tirando, porque en nuestra ingenuidad vital, pensamos, soñamos, que si arrancamos del todo esa telilla desprendida -suelta, sola-, el dedo, el alma, dejará de dolernos, de pedirnos una tirita y un poco de yodo que desinfecte la herida y se lleve lo rojo, lo hinchado, lo malo.

Esa vida es la misma que a veces, grita y late furiosa, como queriendo desgarrar lo que nos queda. Le ocurre como a la tarde  de cada día, cuando las sombras la ahogan ligeras, pero implacables; y entonces, como por arte de metástasis, lo negro la viste, eso sí, bien elegante, con estrellas, a modo de lentejuelas. Y nos dejamos mecer, en brazos de este fúnebre cortejo. Su arrullo nos acuna despacio, en un ciclo eterno donde la vida, a veces, duele.

Luz de gas


“Fue en España donde mi generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma, y que a veces el coraje no obtiene recompensa”
(Albert Camus)


Resulta curioso el modo en que nos solidarizamos con lo desconocido
. Nos gusta tomar partido en la polémica, señalar quiénes son los buenos y quiénes los malos. Sentimos que así obramos bien, pero lo único que hacemos es adular a nuestro ingenuo criterio -aún sin estrenar, envuelto en su papel de regalo-, haciéndole creer que tiene superpoderes: entre ellos, el de iluminar la realidad, sin necesidad de conocimiento previo.

Soberbia e ignorancia custodian nuestro universo de poses, figuritas de papel a imagen y semejanza de las demás ovejas blancas.

Conocemos la teoría, pero la práctica se nos resiste, requiere un esfuerzo que no compensa. Así, nos jactamos de ir a contracorriente, de luchar por un mundo mejor y más justo. El resto, quizá no, pero nosotros no nos dejamos manipular, ¿verdad? Nadie nos influye a la hora de escoger la música que escuchamos (distinguimos perfectamente la industria comercial de la alternativa, y por supuesto, la que nos gusta es la segunda; sabemos elegir); nosotros no vemos telebasura, sólo vemos series (cuanto más indies, mejor, claro); nos creemos las miles de imágenes que vemos a diario, porque encajan a la perfección en los moldes a medida que nos ha facilitado la milenaria y sabia mano inocente.

La grandeza de nuestro ego es tal, que nos impide ver más allá de sí mismo. Por eso, a la hora de la verdad, miramos hacia otro lado. Sin el amparo de la multitud, nos hacemos expertos en el arte de esquivar conciencia y solidaridad. A solas, el espíritu de lucha se encoge, deja de existir. Y si alguien, esa molesta oveja negra en forma de abuso cotidiano, osa abrirnos los ojos, no lo dudamos, buscaremos ayuda y la encontraremos. Entre todos hallaremos el modo de hacerle luz de gas.

Foto finish

Foto finish

Una mañana te levantas, como tantas otras, te desperezas y buscas asilo en el café. Ese primer sorbo te sirve de transición entre el cálido y apacible estado en el que te mecían las sábanas y la crueldad de esos gritos a modo de alarma, que te han arrancado de sus brazos para llevarte a la vida consciente (o no, pero eso tú no lo sabes).

 

Ese mismo desconocimiento es el que aparta tu mente del frágil equilibrio en el que se desenvuelven las jornadas. Piensas que los ingredientes de lo cotidiano son inagotables, siempre están ahí, listos para matizar el alimento. Lo has saboreado tantas veces, que el regusto dulce, salado, ácido, picante, amargo… acompaña tus movimientos entre desayuno, comida y cena.

Revisas el plan, repartes las horas y nada te hace sospechar que la semana próxima, mañana, esta misma tarde o tan sólo en cinco minutos, alguno de esos puntos de luz se habrá apagado. La composición te parecerá la misma, pero poco a poco, tomarás conciencia de que cierto brillo, por insignificante que pareciera, ya no forma parte del cuadro.

Al principio, es una sensación, un pequeño trozo de hielo que se aloja en tus pensamientos. Luego, comienza a derretirse, extendiendo el frío, colándose por las rendijas de otras estancias. Te paras a observar y adviertes que el resultado es extraño; arroja una foto finish borrosa, sin corredores al límite cruzando la meta; muestra sólo el instante congelado de la vida que tenías hace una semana, esa mañana o cinco minutos antes. De haberlo sabido, te habrías arreglado para salir en ella.

Instrucciones al dorso

Cuestión de perspectiva

Últimamente pareciera que nos hayamos quedado sin guías, como si hubiéramos descubierto que las líneas a seguir son meras plantillas, ajenas a nuestro relieve particular.

Es complicado mantener la serenidad, cuando todas las informaciones que nos llegan, desde fuera y desde dentro, apuntan al caos.

 

 

Quizá, si lográramos procurarnos un poco de silencio, seríamos capaces de salir a respirar. Abandonar de una vez el fondo y emerger al fin a la superficie.

La dificultad estriba en nuestra lucha por permanecer abajo, con la cabeza enterrada en la comodidad de las falsas certezas. Nos convencemos una y otra vez de que nada podemos hacer. La acción requiere energía y ahí donde estamos el oxígeno escasea, cada vez nos queda menos.

Entonces, acudimos a todo tipo de gurús, esperando que nos solucionen el problema, que nos enseñen a nadar entre sirenas-tiburón y otras especies engañosas.

Si los nuevos remedios no funcionan, siempre podremos decir que lo hemos intentado, aunque luego por la noche, en nuestro juicio diario, nos declaremos culpables de inacción.

En medio del desánimo, revolvemos en el cajón de los papeles. Los desperdigamos y los volvemos a amontonar; buscamos sin mirar, con la esperanza de haber guardado por ahí algún documento que nos salve y nos diga lo que hay que hacer.

Desconocemos, abrumados por tantos conocimientos, que llevamos la respuesta incorporada. Quizá sea tan sencillo como cambiar la perspectiva, darle la vuelta; pues a menudo, las instrucciones están al dorso.

Camino en fuga

Camino en fuga

Las baldosas amarillas han comenzado su rebelión. Ya no bastan los cuentos de niñas perdidas después del tornado; no sirven como argumento. Sueños de espantapájaros, leones cobardes, hombres de hojalata, un Totó despeluchado… No alimentan las ganas de permanecer fiel a un lugar por el que nunca pasa nadie.   
Cansadas de alumbrar los pasos que no llegan, han decidido buscar su propio camino. Es una fuga es urgente, caótica y desordenada. La necesidad de actuar no entiende de planes.

La noche es su pasaporte. Luego, al amanecer, todo se verá distinto. Quizá asalte la duda, algunas querrán volver atrás. Pero ya no será posible, saben que el trazado conocido ha dejado de existir.