Rompecabezas

Rompecabezas

Rompecabezas

Es curiosa la forma en que aguardamos el futuro, resignados y a la vez expectantes frente a lo que está por venir. Como esperando despertar una mañana de Reyes y encontrarnos al fin con nuestro destino; un merecido regalo por haber sido buenos y obedientes durante años. Nuestra infantil ceguera no lleva venda, no le hace falta. Se alimenta de placebos y otros cuentos.

Las mentiras que no llegamos a descubrir son nuestras verdades. A pesar del estado de alerta permanente, de una búsqueda errática de indicios, señales… a menudo, la solución al enigma se nos escapa entre los dedos; nos esquiva al doblar la esquina y logra pasar desapercibida.

Y así, nos aferramos a los mantras que construimos a partir de signos imprecisos. Ante la falta de certezas, interpretamos un lenguaje aún desconocido.
La misma palabra que nos guía, encierra en su interior la dualidad que modela nuestra existencia: SIgNO.

Todo es signo, todo condiciona y nos empuja a uno u otro lado en la toma de decisiones. Ese Ying-Yang eterno nunca descansa. Muta y nos arrastra al cambio, aún sin permitirnos tomar conciencia de nuestra metamorfosis, al tiempo que ocurre.

Luego, al rescatar un viejo álbum de fotos o resucitar anécdotas durante el reencuentro con los protagonistas de nuestra vida en otro tiempo… conseguimos algunas piezas clave con las que armar el puzzle. Al juntarlas, nos damos cuenta de que el dibujo esbozado, poco o nada tiene que ver con el que venía en la caja. Si nos obcecamos en la idea de que el resultado ha de ser ése y no otro, no el nuestro, corremos el riesgo de quedarnos atascados en la búsqueda de unas fichas que no nos pertenecen.

Comprenderlo y poner nuestra energía en conseguir las piezas que nos completan no es sencillo. Quizá por eso los puzzles también se llaman rompecabezas.

 

 

Antibióticos

Antibiotizados

Antibiotizados

Estos últimos días me han resultado especialmente duros. Mi cuerpo se ha rebelado contra todo aquello que mis actos, mis pensamientos y mi voluntad no han sabido defender a su debido tiempo. Bendito cuerpo, que te avisa (otra cosa es que le hagamos caso a la primera…).

Casi todos mis problemas de salud se manifiestan en la dentadura, y casi todas las veces lo hacen cuando algo se me atasca entre el querer, el decir y el hacer.

Además de ejecutar la ñapa oportuna, el dentista no ha vacilado en el tratamiento: antibióticos ‘como pa una boda’.

Y sí, el antibiótico se lleva, en el mejor de los casos, la infección, pero también el resto. La propia palabra resulta una oda al exterminio: antibiótico = opuesto a la vida.

La excusa del mal necesario, justifica, pero no resuelve la ecuación.

Nos molestan los síntomas, pero obviamos las causas. Matamos la mosca a cañonazo limpio y nos da igual de dónde ha salido. Y a base de repetir protocolos, nos acomodamos a las respuestas inmediatas, aunque la pregunta sea errónea o inexistente.

Si lo piensas, vivimos antibiotizados. Quizá no siempre en forma de medicamento, pero a la mínima, recurrimos al parche momentáneo, sin pensar en las consecuencias que, tarde o temprano, también se manifestarán.

Aún así, la impaciencia y el miedo a sufrir anulan nuestra voluntad. Bombardeamos lo sano que tenemos, lo bueno que nos queda por dentro y por fuera, con tal de ocultar esos molestos mensajes de alarma.

Y así, amparados en la ilusión de eso que llamamos “sociedad del bienestar”, nos convertimos en nuestra peor bacteria, esperando resignados a que el antibiótico haga su efecto.

 

 

Usted está aquí

 

Haciendo camino

Haciendo camino

Es preciso recordar dónde pusimos nuestros pies. En qué lugares dejamos impresa la memoria de aquellas pisadas. De este modo nos reconoceremos entre millones de huellas; tirando de un hilo mágico que nos permita avanzar, pero también regresar, cuando sea necesario.

Para que esto funcione, debemos ir descalzos. Sólo así nuestras plantas podrán crecer; lograrán endurecerse y moldearse para andar los distintos territorios y explorar el dibujo del suelo en toda su riqueza.

Descalzos, podremos refrescarnos con el agua de la lluvia; aliviarnos con el terciopelo amable de la hierba; aprender a caminar sobre el grijo, que a veces duele, pero también suaviza la piel.

Sería más fácil llevar zapatos (en ocasiones, tener a mano unas chanclas es cuestión de supervivencia), aunque no te equivoques: esas pisadas no serán tuyas, serán pasos perdidos, condenados a desaparecer. El uso constante de envoltorios deformará tus pies; sufrirás llagas, rozaduras y encima habrá sido en vano, porque serán señales ajenas a tu camino, cicatrices carentes de aprendizaje o rumbo.

La tentación es grande, hay tantos tipos y ¡lucen tan bien! Quienes los llevan parecen otros; el relieve que dejan es perfecto, uniforme, sustituible por otro nuevo en cualquier momento. Y ellos lo saben, por eso a veces se sienten molestos con la comodidad descalza frente a la sofisticación calzada. Algunos incluso, ofuscados por no lograr que otros actúen igual, pagan su frustración arrojando cristalitos en la ruta, moviendo piedras, destapando serpientes. Dales las gracias, porque aún sin pretenderlo, te fortalecerán.

Para bien o para mal, somos la suma de nuestros pasos, y aunque a veces no seamos conscientes, esas huellas son nuestra identidad, el punto de encuentro que nos indica “Usted está aquí. Entonces, cabe, preguntarse por las razones que llevan a muchas personas a esconder sus pisadas y asfixiarlas tras un trozo de suela, a golpe de calzador.