Fondos reservados

Estamos hechos de una mezcla indescriptible, una amalgama ecléctica de códigos, huellas y esencias que se remontan al primer ser vivo, nuestro antepasado original.

Maraña de palabras

Maraña de palabras

Aquella mujer, aquel hombre, tan ajenos a la espiral de individuos que vendría después, fueron imprescindibles para que esta maraña de palabras tenga lugar; tanto como el lápiz mordisqueado, que las dibuja, o este preciado cuaderno, que las soporta.

Quizá por eso, porque nuestra auténtica historia no aparece recogida en ningún libro forjado a imagen y semejanza de unos desconocidos, nos cuesta tanto descifrar quiénes somos.

Somos lo que nos dicen que somos: una suma de conceptos, un saco de palabras, con las que nuestro ego llega a estar más o menos de acuerdo. A partir de ese listado, con el tiempo añadimos o quitamos, hasta componer un esquema que delimite nuestra frontera, la línea que nos separe del resto y nos diga: “Tú eres hasta aquí”. 

Paseamos nuestro particular Frankenstein, lleno de tornillos, coseduras, parches, cicatrices provocadas por experiencias mal digeridas. Ponemos un poco de maquillaje en cada capa y mostramos lo que se ve, con su trampa y su cartón.

Corazón en una botella

Fondo reservado

Lo que somos, un dramático milagro, ese popurrí de momentos, fruto de tormentas y arcoíris posteriores, lo guardamos en el fondo, bajo llave.

Está reservado sólo para ocasiones especiales, ésas en las que nos sentimos a salvo, aunque sólo sea un rato, diez minutos, un segundo.

Déjà vu

Me fascina la asiduidad con que el día a día, nuestro presente esquivo, se convierte en una proyección del pasado. Quizá con otro guión, otro momento histórico…, pero con personajes conocidos, marionetas condenadas a sepultar con sus comportamientos, a las personas que respiran detrás de la tela.

Muchas de las lecciones sobre cómo funciona el mundo (al menos el pedacito que yo percibo) las descubrí en la escuela. No llegaron de mano de los libros ni del programa de estudios que esgrimían, con mayor o menor tino, los profesores. Vinieron sobre todo del recreo y de algunos momentos de clase, en los que el telón de fondo era la recompensa o el castigo.

Déjà vu

Déjà vu

Me viene a la memoria Don Urbano (con semejante nombre, podéis imaginar que sus métodos de enseñanza no tenían mucho que ver con los del profe de El Club de los Poetas Muertos), nuestro tutor de segundo de EGB. Tenía fijación con que no debíamos masticar chicle en claseSi te pillaba, te castigaba de dos maneras: o bien te daba un azote en el trasero (no hacía daño, pero te solmenaba delante de los demás y eso daba vergüenza), o te obligaba a correr dos vueltas, alrededor de la clase (él sabría por qué ¿?). Quien más y quien menos, fuera por una u otra razón, se llevó alguna que otra nalgada y corrió más de una vuelta, ante la mirada burlona de los otros compañeros.

Una tarde, antes de entrar en clase, me junté con mi mejor amiga y compartimos un chicle Cheiw Junior de fresa ácida (el de fresa ácida era el que más sabor tenía, luego llegó Boomer y nada volvió a ser igual en el mundo de la goma de mascar…). En el momento del reparto, nos interrumpió otro niño, Emilio. Llegó pavoneándose con un chicle de menta, diciendo que el suyo sabía mejor y que no iba a compartirlo con nadie.

Como muchos recordaréis, los Cheiw no se caracterizaban por la duración de su sabor. Pasados cinco minutos, el chicle empezaba a perder gusto y textura, pero daba igual, porque aguantarlo en la boca el mayor tiempo posible, entonces también suponía todo un reto; así que de tirarlo para entrar a clase, ni hablar.

Sonó la sirena, nos pusimos en fila y alojé el chicle detrás de las muelas. Si no hacía ademán de masticar, Don Urbano no me pillaría, ni aunque me sacara al encerado a dar la lección; no había nada que temer.

Entramos al aula ordenadamente y, durante un rato, todo transcurrió con normalidad. El sopor de las tres y media, aquél hombre ceniciento por la tiza explicándonos cosas que más tarde olvidaríamos para dar cabida a otras igual de efímeras… Y, de pronto, ahí estaba Emilio, con el brazo en alto y una mirada extraña, ansiosa, duplicada en sus gafitas de niño de siete años.

Don Urbano le dio la palabra, y Emilio la usó, haciendo gala de un tono chillón y acusador:

–         ¡Profesooooor! ¡Susana tiene chicle!!

El pobre Emilio abrió tanto la boca para acusarme, que le fue imposible ocultar su delito verde, su chicle de menta, entero para él.

Como resultado, Don Urbano nos impuso a los dos el mismo castigo. Hubo azote y carrera, aunque en esa ocasión, no me importó. Daba igual que el profesor me hubiera puesto a hacer el pino delante de los demás, sólo pensaba en que, por nada del mundo, querría estar en el pellejo de Emilio.

Con los años, el legado histórico y la propia experiencia me han transportado a la misma escena en incontables ocasiones. Sólo cambia el contexto, los personajes y el resultado. En el mundo adulto, a menudo el que acusa teniendo que callar más que nadie, ni siquiera recibe el azote.

La indolencia y permisividad con que actuamos a la hora de gestionar este tipo de comportamientos resulta frustrante y peligrosa. Pero el auténtico veneno social se aloja en las razones que llevan a una persona, tenga siete, cincuenta o cien años, a actuar de ese modo.

Quizá nos ocurre como en un déjà vu: después de unos segundos de inquietante familiaridad, la sensación desaparece; nos desconectamos de la escena.

La espera

La Espera

© La Espera (Badri Lomsianidze, 2007)

El lugar más triste del mundo. Eso era aquel cuarto, tan lleno y vacío a la vez. Nadia entró y, enseguida, se vio transportada a una fiesta en la que todos parecían divertirse, menos ella.

La habitación apenas dejaba espacio libre para airear sus emociones: dos camas, el armario, un tocador y poco más. Avanzar entre todo aquello resultaba difícil, casi imposible. Tanto trasto no mitigaba, en absoluto, el frío inhóspito de su mazmorra.

Optó por permanecer junto a la ventana, esperando tranquila el golpe de estado. Pronto llegaría un ejército de recuerdos, imponiéndose y sometiendo la voluntad de su memoria indefensa.

Aún sabiendo que aquello hacía daño, cada cierto tiempo, Nadia sentía la necesidad de pasar un rato allí, acurrucada entre las sábanas de su dolor; su viejo enemigo irrumpía siempre con tanta violencia, como la primera vez.

El sonido lejano de un teléfono trajo consigo promesas de bandera blanca.
No descolgaría, refugio o prisión, Nadia había elegido quedarse en el lugar más triste del mundo.

Cercanías

Cercanías edit“Meditar una hora, entrar un rato dentro de sí e inquirir hasta qué punto tiene uno parte y es corresponsable en el desorden y la maldad del mundo; mira, eso no lo quiere nadie”.


(Hermann Hesse, ‘El lobo estepario’).

Cuando algo nos incomoda, ponemos distancia. Puede ser una distancia real, física, o imaginaria, inventada. Escapar, para no ver o sentir eso que nos disgusta, es nuestra solución para casi todo.

Cuanto más huimos de aquello que nos incomoda, más nos alejamos de lo que somos. Negarse a conocer nuestras sombras implica darles aún más poder, alargar su proyección invasora y permitir que nos dominen.

Esperamos a que sea el otro el que salude primero, el que llame primero, el que se desnude primero; desconfiamos y nos justificamos, alegando que es mejor ser precavidos. Y luego, en el camino a casa, regresamos dándole vueltas. ¿Por qué no me ha saludado? ¿Por qué desconfía de mí? ¿Por qué no me dice lo que siente por mí?

Nos alteran la falta de generosidad y los comportamientos fríos o distantes que vemos en los demás. Pero no probamos a saludar primero ni a dar sin que nos pidan, incluso aunque nos apetezca dar, no vaya a ser que luego no recibamos a cambio.

Quizá, todas esas personas a las que juzgamos y criticamos por ariscas, soberbias, orgullosas, egocéntricas… se nos parecen más de lo que pensamos. Quizá sólo vemos en ellas lo que no nos atrevemos a juzgar en nosotros mismos, por temor a reconocernos imperfectos y tener que aprender a vivir con ello.

Eso que nos aleja de los demás es, a menudo, el reflejo de nuestras debilidades; el miedo a comprobar que no somos tan distintos de esos a los que criticamos para reafirmar que nuestra forma de hacer es la buena.

Huimos para no permitir que nuestra propia oscuridad se acerque demasiado. Todavía no hemos comprendido que si existe la luz es porque también hay sombra, y que vayamos donde vayamos, ésta viene con nosotros.