Déjà vu

Me fascina la asiduidad con que el día a día, nuestro presente esquivo, se convierte en una proyección del pasado. Quizá con otro guión, otro momento histórico…, pero con personajes conocidos, marionetas condenadas a sepultar con sus comportamientos, a las personas que respiran detrás de la tela.

Muchas de las lecciones sobre cómo funciona el mundo (al menos el pedacito que yo percibo) las descubrí en la escuela. No llegaron de mano de los libros ni del programa de estudios que esgrimían, con mayor o menor tino, los profesores. Vinieron sobre todo del recreo y de algunos momentos de clase, en los que el telón de fondo era la recompensa o el castigo.

Déjà vu

Déjà vu

Me viene a la memoria Don Urbano (con semejante nombre, podéis imaginar que sus métodos de enseñanza no tenían mucho que ver con los del profe de El Club de los Poetas Muertos), nuestro tutor de segundo de EGB. Tenía fijación con que no debíamos masticar chicle en claseSi te pillaba, te castigaba de dos maneras: o bien te daba un azote en el trasero (no hacía daño, pero te solmenaba delante de los demás y eso daba vergüenza), o te obligaba a correr dos vueltas, alrededor de la clase (él sabría por qué ¿?). Quien más y quien menos, fuera por una u otra razón, se llevó alguna que otra nalgada y corrió más de una vuelta, ante la mirada burlona de los otros compañeros.

Una tarde, antes de entrar en clase, me junté con mi mejor amiga y compartimos un chicle Cheiw Junior de fresa ácida (el de fresa ácida era el que más sabor tenía, luego llegó Boomer y nada volvió a ser igual en el mundo de la goma de mascar…). En el momento del reparto, nos interrumpió otro niño, Emilio. Llegó pavoneándose con un chicle de menta, diciendo que el suyo sabía mejor y que no iba a compartirlo con nadie.

Como muchos recordaréis, los Cheiw no se caracterizaban por la duración de su sabor. Pasados cinco minutos, el chicle empezaba a perder gusto y textura, pero daba igual, porque aguantarlo en la boca el mayor tiempo posible, entonces también suponía todo un reto; así que de tirarlo para entrar a clase, ni hablar.

Sonó la sirena, nos pusimos en fila y alojé el chicle detrás de las muelas. Si no hacía ademán de masticar, Don Urbano no me pillaría, ni aunque me sacara al encerado a dar la lección; no había nada que temer.

Entramos al aula ordenadamente y, durante un rato, todo transcurrió con normalidad. El sopor de las tres y media, aquél hombre ceniciento por la tiza explicándonos cosas que más tarde olvidaríamos para dar cabida a otras igual de efímeras… Y, de pronto, ahí estaba Emilio, con el brazo en alto y una mirada extraña, ansiosa, duplicada en sus gafitas de niño de siete años.

Don Urbano le dio la palabra, y Emilio la usó, haciendo gala de un tono chillón y acusador:

–         ¡Profesooooor! ¡Susana tiene chicle!!

El pobre Emilio abrió tanto la boca para acusarme, que le fue imposible ocultar su delito verde, su chicle de menta, entero para él.

Como resultado, Don Urbano nos impuso a los dos el mismo castigo. Hubo azote y carrera, aunque en esa ocasión, no me importó. Daba igual que el profesor me hubiera puesto a hacer el pino delante de los demás, sólo pensaba en que, por nada del mundo, querría estar en el pellejo de Emilio.

Con los años, el legado histórico y la propia experiencia me han transportado a la misma escena en incontables ocasiones. Sólo cambia el contexto, los personajes y el resultado. En el mundo adulto, a menudo el que acusa teniendo que callar más que nadie, ni siquiera recibe el azote.

La indolencia y permisividad con que actuamos a la hora de gestionar este tipo de comportamientos resulta frustrante y peligrosa. Pero el auténtico veneno social se aloja en las razones que llevan a una persona, tenga siete, cincuenta o cien años, a actuar de ese modo.

Quizá nos ocurre como en un déjà vu: después de unos segundos de inquietante familiaridad, la sensación desaparece; nos desconectamos de la escena.

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3 pensamientos en “Déjà vu

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