Fondos reservados

Estamos hechos de una mezcla indescriptible, una amalgama ecléctica de códigos, huellas y esencias que se remontan al primer ser vivo, nuestro antepasado original.

Maraña de palabras

Maraña de palabras

Aquella mujer, aquel hombre, tan ajenos a la espiral de individuos que vendría después, fueron imprescindibles para que esta maraña de palabras tenga lugar; tanto como el lápiz mordisqueado, que las dibuja, o este preciado cuaderno, que las soporta.

Quizá por eso, porque nuestra auténtica historia no aparece recogida en ningún libro forjado a imagen y semejanza de unos desconocidos, nos cuesta tanto descifrar quiénes somos.

Somos lo que nos dicen que somos: una suma de conceptos, un saco de palabras, con las que nuestro ego llega a estar más o menos de acuerdo. A partir de ese listado, con el tiempo añadimos o quitamos, hasta componer un esquema que delimite nuestra frontera, la línea que nos separe del resto y nos diga: “Tú eres hasta aquí”. 

Paseamos nuestro particular Frankenstein, lleno de tornillos, coseduras, parches, cicatrices provocadas por experiencias mal digeridas. Ponemos un poco de maquillaje en cada capa y mostramos lo que se ve, con su trampa y su cartón.

Corazón en una botella

Fondo reservado

Lo que somos, un dramático milagro, ese popurrí de momentos, fruto de tormentas y arcoíris posteriores, lo guardamos en el fondo, bajo llave.

Está reservado sólo para ocasiones especiales, ésas en las que nos sentimos a salvo, aunque sólo sea un rato, diez minutos, un segundo.

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