Bis

Dale al Play

Dale al play

Se me antoja pensar que nuestra vida es como una canción. La música sería el contexto, las circunstancias; mientras que la letra haría las veces de conversaciones y pensamientos; palabras con las que se viste nuestra realidad, nuestra historia que contar.

La partitura es engañosa, parece que está en blanco, pero de nuestra piel emergen tatuajes, en apariencia invisibles, que condicionan el pentagrama, sugiriéndole varios acordes, una base musical. Después, dependerá de nuestra destreza a la hora de componer, de las notas impuestas y de las elegidas, y sobre todo, del oído que tengamos para combinarlas con cierta armonía.

No hay ensayo ni prueba, el play salta desde el minuto uno, sin posibilidad de darle a ningún otro botón que no sea pause o stop. Nuestra improvisada melodía a menudo nos confunde, se entremezcla con el ruido y otras interferencias. Convive con ellos y flojea en el estribillo. La estrofa es pegadiza, pero corremos el riesgo de cansarnos y caer en el tarareo desganado e imperceptible de la apatía.

Es difícil escapar al éxito inmediato de la radio fórmula, llena de ritmos contagiosos, fáciles de interpretar y con un poderoso imán: la fidelidad efímera de uno o dos fans, devoradores insaciables de la mediocridad que nos apresa.

¿Somos capaces de componer algo más profundo y genuino? Debemos hacerlo, la música está sonando y esta canción no admite bis.

 

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