¿Qué me das?

¿Qué me das?

¿Qué me das?

Esta semana he asistido por primera vez a un foro de empleo. Acudí, fundamentalmente para echar una mano en el stand de LabRevolución, pero también para observar el ambiente y acercarme a algunas de las empresas en las que mi perfil profesional pudiera encajar.

Me sorprendió la heterogeneidad de público asistente, porque, pese a que el foro lo organiza la Fundación de la Universidad de Oviedo, el perfil de universitario o recién titulado no era el que más abundaba.

La mayoría de los interesados se limitaba a preguntar en cada stand si recogían CV. Si era que sí, dejaban su hojita de papel y si era que no, a otra cosa mariposa.

Muchos iban en pack, como si fuera una jornada de excursión. Había incluso padres que iban a llevar el currículum de sus hijos. Craso error, porque si el interesado, sea por la razón que sea, no puede asistir, le trae más cuenta hacérselo llegar a la empresa por cualquier otra vía, a que sea uno de sus progenitores el que evidencie (dejando al candidato como un niño de colegio) que no es la persona adecuada para el puesto, ni ahora ni nunca.

Un padre, en concreto, se acercó a uno de los stands, sin mirar siquiera cómo se llamaba la empresa y protagonizó la siguiente escena:

Padre: .- Hola, buenas. ¿Cogéis currículums?

Representante de la empresa: .- Sí, ¿qué perfil tiene?

P.: .- No, no, como tú comprenderás no es para mí. Si yo no tuviera trabajo,  a estas alturas…

R.: .- Bueno, déjese, hoy día, no se sabe lo que puede pasar.

P.: .- No, no (con cara de suficiencia): yo es que soy funcionario. Traigo el CV de mi hijo, que está estudiando el último año de Telecomunicaciones, pero está fuera, haciendo el proyecto.

R.: .- Vale, perfecto, pues déjeme el CV. Muchas gracias. Hasta luego.

P.: .- Oye, te cojo un boli de estos, ¿eh? Taluego.

La gente desfilaba por el pabellón central de la Feria de Muestras, como si efectivamente estuviera de feria. Se paseaba tranquila, con las manos atestadas de bolis, caramelos y todo tipo de merchandising que habían ido recopilando de los diferentes expositores.

Y, después de reflexionar sobre ello, pienso que, o no podemos o no queremos cambiar.

Vale que, quizá, un foro de empleo, tal y como estaba planteado éste, no es la panacea para lograr un puesto de trabajo. Pero, lo mínimo que cualquier empresa (que verdaderamente acuda al foro con alguna vacante o intención de recopilar perfiles para futuras ofertas) esperaría de una persona que se postule para un puesto de trabajo, es un poco de interés. Acercarte, hacer ver que tienes algo que aportar y que te interesas por su actividad, en vez de ir desfilando por cada stand, como si estuvieras esperando a que el cura te dé la comunión.

Por supuesto que también había personas que se comportaban de otro modo, conscientes de que estar allí, aunque fuera en situación de desempleo, era una actividad con algún sentido laboral y no un modo de pasar el día.

Pero, en líneas generales, el pabellón destilaba pasotismo, desgana y afán por coger cualquier cosa, con tal de que fuera gratis.

No sé, me pareció el reflejo de una sociedad inmersa en la cultura del “¿Qué me das? Porque yo lo valgo”; sumergida en el autoengaño y sin interés alguno en asomarse a la realidad. Lástima que, cuando ésta se imponga, la consciencia ya no sirva.

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Mientras haya páginas

Libroescultura de Su Blackwell.

Libroescultura de Su Blackwell.

Estamos diseñados para desaparecer. Somos arquitectura efímera, espacios pasajeros, fáciles de transportar, como stands de una feria. Esperamos plantados en un lugar, más o menos estratégico, a que alguien se nos acerque y se interese por ver qué ofrecemos.

En ese intercambio, mostramos nuestros proyectos. No estafamos a nadie, sólo buscamos con quién construir las certezas que darán sentido a nuestros pasos.

Una cajita de herramientas y algunas fichas con las que montar el coche, la casa, el niño y el perro, es todo lo que tenemos para cumplir una misión que ni siquiera elegimos. Pero a veces, las más, faltan o sobran tornillos, piezas, palabras y ganas. En otras ocasiones, logramos construir ese pequeño universo fantasma, un espejismo que luego, pasado el periodo de garantía, comenzará a estropearse, sin recambio ni devolución del tiempo invertido.

Pero igual, soñamos, nos reinventamos y, al abrigo de pequeñas dosis de consciencia, somos capaces de reactivar la capacidad de sorpresa, cambiando las certezas por preguntas donde importa más la búsqueda que la respuesta en sí.

Sólo así, abrazando a la incertidumbre como compañera de viaje, perderemos el miedo a tejer nuestras propias historias, aunque sean de papel. Aprovechemos, mientras haya páginas. 

Banco de niebla

Hay temporadas en las que por mucho que uno se empeñe en objetivar su situación, no logra ver más allá de del túnel. Resulta complicado mantener la serenidad después de un tiempo en que, a pesar del esfuerzo sostenido, nada parece mejorar. Es entonces cuando aparece un problema mucho más serio que cualquier circunstancia: la falta de energía.  Este virus nos paraliza y nos sitia, colocando paredes de niebla a nuestro alrededor. No son nada, sólo aire y vapor de agua, pero nos impiden ver más allá de su aspecto fantasmal.

Hasegawa Tohaku (1539-1610) - Biombos con pinos entre niebla. Museo Nacional de Tokio.

Biombos con pinos entre niebla. (Hasegawa Tohaku)

Cuando bajamos la guardia, los espectros atacan, toman como rehén a nuestra mente y se hacen con el control. Ella es la nave nodriza, la reina, la jefa. Nosotros, los tripulantes que, como buenos súbditos, como malos empleados, no solemos cuestionar sus normas.

El efecto de la niebla es sutil, casi imperceptible. Camufla sus malas artes en forma de pensamientos automáticos, órdenes que “vienen de arriba”. En ellos anidan el miedo, los reproches, la inseguridad, las malas experiencias y un sinfín de agentes entregados a la causa del “Yo no puedo, yo no debo”. 

Seducido por las promesas de una aparente zona de confort, nuestro cerebro se deja sobornar, claudica y adopta un liderazgo paternalista: “Yo te cuido, tú obedeces”.

Al amparo del viejo dogma: “Esto siempre fue así y así debe seguir siendo”, corremos el riesgo de quedarnos atrás, al fondo, debajo; esperando en silencio el regreso de un sol, en paradero desconocido.

El error es la espera. Nunca nos sentimos preparados para la gran revolución; ignoramos que no es necesaria. Basta con pequeñas revueltas, lluvia fina; gotas de acción que nos devuelvan, poco a poco, el mando, hasta que la niebla se ahogue en su propia estrategia.

Piel sintética

'Mujer ante el Espejo'. (P. Picasso)

‘Mujer ante el Espejo’. (P. Picasso)

Esta mañana, al salir de la ducha, limpié el vaho del espejo y me quedé clavada en mi propia imagen. No me reconocí en esas facciones, ni tampoco en la expresión de mis ojos.  Me ocurrió, como cuando repites varias veces una palabra y, de pronto, deja de tener significado, para convertirse en un amasijo de letras, sin más.

Estamos tan acostumbrados a ver nuestro reflejo, sin detenernos a mirarlo, que el resultado puede dejarnos en shock. No por lo feos o envejecidos; no me refiero al examen estético (ese territorio lo tenemos bien explorado y sabemos dónde falta o dónde sobra), sino por el desconocimiento ante lo que cuenta nuestra piel; el semblante en que al fin reparamos y que ella nos devuelve, tras años de caso omiso.

Si te paras a pensar en tus gestos cotidianos, quizá caigas en la cuenta de lo poco que nos relacionamos a alma descubierta. Nuestro rostro se encuentra con otros y la interacción es, a menudo, de cartón piedra.

–         Hola, ¡cuánto tiempo! ¿Cómo te va?

Le damos al botón de respuesta estándar y, sin saber muy bien cómo… ¡voilà!: aparece ese “Bien” descafeinado, que complementamos con una sonrisa, a modo de edulcorante.

Esas caras conocidas no nos llegan, nos quedan tan lejanas como sus preguntas; y en esa paradoja absurda del preguntar sin querer saber, nuestras respuestas vacías cierran el círculo.

Nos comportamos como turistas (quizá inmigrantes) en un país de cuya lengua apenas manejamos dos o tres expresiones para desenvolvernos: preguntar por tal o cual plaza, pedir un bocadillo, coger el metro… Así, damos el pésame, los buenos días, la enhorabuena, una disculpa o la propuesta de quedar para tomar un café que nunca llega. Y el resto, se queda oculto, encerrado tras la barrera de los convencionalismos.

Ese cúmulo de huéspedes, las respuestas desnudas que no mostramos, buscan acomodo ahí adentro; cambian nuestro paisaje interior hasta que la erosión sale a la luz e impone su faz en el espejo, echando por tierra el falso patrón con que a diario confeccionamos nuestro envoltorio, la piel sintética.