Sueño de una noche de verano

‘Estamos muy cerca de despertar, cuando soñamos que soñamos’. (Novalis)

'Figura solitaria en un teatro'. (E. Hopper)

‘Figura solitaria en un teatro’. (E. Hopper)

Apagas la luz y te preparas para el espectáculo. Ya en pijama, con los ojos listos para mirar distinto, conjugas tus oraciones. Entras, tomas asiento, caes. Y comienza una obra por la que, de haberlo sabido, no habrías pagado.

– ¿Qué ha pasado con el fabuloso elenco de certezas?–  Preguntas al acomodador sin rostro.

Están de vacaciones. Es verano.- Explica, amparado en la lógica de lo absurdo.

El escenario empieza a girar y te atrapa. Desorientado, batido por un oleaje impropio de lo que hasta hace bien poco era un mar en calma, empiezas a plantearte pedir ayuda. Pero, ¿a quién? ¿Qué clase de ayuda? ¿Realmente quieres salir del agua o quizá te tienta la idea de aprender a manejarte en la voluptuosa inestabilidad?

Tu cuerpo se mantiene a flote, mientras tu cabeza permanece sumergida en el miedo más profundo; el lugar donde lo que asusta es no saber nada sobre aquello a lo que se teme. Debes hacer algo, buscar un culpable aunque sea. Eso servirá. Así que te dices: “La culpa es del verano; de su ritmo bobo y sus mensajes embotellados. Deberían prohibirlo”.

El truco no funciona. En tu puzzle líquido ninguna pieza encaja, ningún hueco se llena. Puede que el verano tenga la culpa, pero nadie le juzgará por robar algo que no te pertenece. Sólo pagaste una entrada, un trozo de papel, una vida imaginada, nada más.

Resignado, apagas tu voz. Ahí donde ahora te encuentras, los gritos no se oyen.

En ese espacio, en ese tiempo donde ni siquiera el pensamiento obedece, darías tu sueño por despertar.

Tomar medidas

Medir el éxito

Necesitamos cuantificarlo todo. Compramos y vendemos al peso. Hasta los asuntos del corazón, los medimos en ‘cuántos’ y ‘tantos’: “¿Cuánto me quieres?” / “Te quiero tanto… “. Como si esas cantidades fueran lo que nos agarra a la vida. Incluso, hemos estimado un número de horas (10.000) para conseguir la excelencia en alguna materia. Es como si llevásemos un chip incorporado, una especie de contador interno con el que traducir a números, cualquier actividad que realicemos, cualquier emoción que sintamos.

El mundo funciona así, no es negociable. Los números mandan. Hasta el refranero nos lo recuerda: ‘Tanto tienes, tanto vales’. Pero, no sé, en algún momento de lucidez deberíamos plantearnos si eso tiene sentido siempre.

Está claro que necesitamos referencias para sobrevivir, y que la comprensión necesaria de muchos aspectos pasa por poner límites, acotar parcelas para que nuestro cerebro nos permita continuar los primeros en la escala evolutiva de las especies. Aún así, esa necesidad de compartimentar cualquier cosa es, precisamente, la que anula aquello que nos hace libres: la capacidad de aprender y hacer las cosas de un modo natural, respetando nuestra propia ecología existencial.

Si te paras a pensar, detrás de cualquier situación que nos agobia o nos hace sufrir, hay un condicionante métrico. Supongo que la respuesta (si la hay) pasa por algo sencillo (como resultan casi todas las cosas por las que nos preocupamos absurdamente): hemos sustituido el ser por el tener. Tenemos o deseamos tener: un determinado aspecto físico; un buen coche, una casa; un empleo para comprar esas cosas que queremos tener… También usamos el posesivo para las personas: pareja, amigos, hijos…

Todos esos elementos, más los que se te ocurran y quieras añadir al agujero de las posesiones, están dentro de un tener con mayúsculas, el mantra de nuestra esclavitud cuantitativa: TENER ÉXITO.

Pero, no somos muñecos que podamos modelar a capricho; ni somos cosas (coche, casa, sueldo…), ni roles conceptuales que obvian a las personas que protagonizan cada relación (ya sea como pareja, amigo, hijo…). Y, desde luego, no somos éxito.

Quizá deberíamos tomar medidas para cambiarlo. Sé que requiere tiempo y esfuerzo, pero no sabría cuantificarlo.

Sopa de letras

Algunos contenidos son difíciles de digerir.

Algunos contenidos resultan difíciles de digerir.

Cada mañana, frente al ordenador, lo primero que hago es revisar las actualizaciones de los blogs que me interesan y echar un ojo al contenido compartido en otras redes sociales de las que soy usuaria. Acabo exhausta. Está claro que debo mejorar mi tarea de autocuración de contenidos, porque el 80% de los textos que aterrizan ante mis ojos son palabras de arena, espejismos que se desintegran en cuanto te acercas a ellos.

Somos víctimas (y verdugos) de una saturación informativa que, más que ampliar nuestro conocimiento, lo deforma.

No sé vosotros, pero yo estoy cansada de contenidos en serie que, además de hacerme perder el tiempo, nublan el espacio digital, dificultando el acceso a textos originales, útiles y de calidad.

Y creo que esta sobreproducción textual se debe, en buena medida, al gusto por la formulitis mágica.

Por ejemplo: alguien dice que para obtener relevancia, afianzar tu marcar personal (o cualquier otro objetivo social que persigas), hay que escribir un post diario, y hala, a colgar lo que sea, con tal de rellenar.

Y es cierto que hay blogs, como el de @carlosbravo (Marketing de Guerrilla), en los que hacer eso tiene sentido. Sus autores tienen mucho que contar, saben (por el feedback que reciben) que aportan un valor añadido y escribir diariamente forma parte de su identidad, es una de sus fortalezas. Pero, aplicar esta receta, sin tener los ingredientes y ‘habilidades culinarias’ requeridas, probablemente te llevará al agotamiento y sobre todo, espantará a los comensales/lectores de tu restaurante/blog

Otra obsesión de los generadores de contenido es el SEO. Estamos tan centrados en agradar al ojo de Sauron (Google, para los amigos), que nos olvidamos de las personas que van a leer nuestro texto. Igual es deformación profesional (el SEO echa por tierra muchos de los criterios que para mí son importantes en una redacción de calidad), pero, en serio, hay titulares que, en pos de obtener un buen posicionamiento o bajo la premisa de obtener más clicks, consiguen justo el efecto contrario: deshumanizar el contenido. La estadística resultante será la leche, pero creo que a medio plazo, resulta contraproducente.

Quizá sea ese el error. Esperar que el contenido se traduzca en resultados inmediatos, cuando esta herramienta es una especie de corredor de fondo o, siguiendo con el símil gastronómico, una plato que debe cocinarse a fuego lento.

Plagiar disimuladamente; abordar temas manidos y hacerlo de un modo superficial utilizando la fórmula de los 5, 7, 10… tips; una redacción creada para el enemigo, que pase por alto algo tan importante en la comprensión del mensaje, como es la ortografía (hay textos con faltas tan garrafales, que dan ganas de arrancarse los ojos)… Todo esto espesa la blogosfera y convierte la red en una sopa de letras, difícil de digerir.

En esa carrera del escribir por escribir, sin pararse a pensar en preguntas clave como el ‘¿para qué? o ¿para quiénes?’, convertimos un recurso valioso en algo incoherente, un Marketing de Sinsentidos.

Es cierto que cada uno, en su casa, escribe lo que quiere y como quiere, pero si dejas las puertas abiertas, lo lógico sería que intentaras hacer sentir cómodas a tus visitas, ¿no? ¿Qué pensáis? 

Hilos sueltos

'Máquina de coser'. Fotografía de Nieves Mares.

‘Máquina de coser’. Fotografía de Nieves Mares.

Para, por, según, sobre, tras

En masa, somos así, como las preposiciones. Elementos de conexión (que se atan entre sí), invariables (sin género ni número, solo muchedumbre) y subordinadores (atrincherados tras el valor de la dependencia).
En masa, emitimos mensajes que nadie dice, pero que acatamos todos. En masa, las cosas ocurren para, por, según, sobre, tras la excusa del bien común. En masa, se te presupone, pero no existes.

Duelo

Después de ese ritual de dos, jugando a la muerte vestidos de domingo, está la pena, la procesión que va por dentro y camina contigo.
Pero el duelo encierra algo más, es presente y primera persona del verbo doler; un territorio donde yo soy la villana; el efecto lacerante del veneno que inyecté a traición, en esa piel. El lugar donde permanezco hambrienta, aún sin saberlo.

Pertenencias

Llueve dentro de casa. Se mojan las baldosas, gastadas como piedra blanda, porosa, mermada por la erosión.
Afuera también llueve, pero elijo salir y fundir todas las gotas en una sola. Lágrimas incluidas. Y me enfrento a las nubes, les echo en cara el secuestro del buen sol secante. ¿O acaso es mi culpa que una tontería, sumada a otra y a otra más… encapote cualquier cosa que sucede ante mis ojos? Si es así, entonces me pertenece todo: la lluvia, las lágrimas y las baldosas, gastadas como piedra blanda, porosa, mermada por la erosión.