La cosa perdida

Cubierta de 'La Cosa Perdida', de Shaun Tan.

Cubierta de ‘La Cosa Perdida’, de Shaun Tan.

A veces, las cosas importantes nos pasan desapercibidas. Reservamos nuestra mirada para el suelo, donde el paisaje está controlado. Y, si una de esas cosas importantes hace suficiente ruido o brilla lo bastante como para sacarnos del monotónico gris, en vez de abrazarla, prestarle atención, la apartamos al cajón de las cosas que interrumpen, las cosas que molestan. Supongo que nos lo parecen, porque nos obligan a salir de nuestra confortable burbuja; a hacernos preguntas incómodas que nos conducen a respuestas aún más incómodas.

Comparto esta idea a partir de un álbum ilustrado que descubrí, por casualidad hace unos días: ‘La cosa perdida’, de Shaun Tan. Siempre me ha atraído el mundo de la ilustración, creo que es todo un arte conceptualizar en trazos, más o menos complejos, ideas que otros necesitamos contar en palabras. En el caso del álbum ilustrado, ambos elementos, texto y trazo, se complementan formando un todo muy especial. Y precisamente en un magnífico taller de ‘Estructura Narrativa en el Álbum Ilustrado’, organizado por Las Tres Brujas de la librería ‘El Bosque de la Maga Colibrí’ e impartido por una de ellas, Olalla Hernández, fue donde me encontré con ‘La Cosa Perdida’.

¿Sabes esa gente que parece estar en armonía con todo lo que hace? Sí, me refiero a esas personas que transmiten serenidad, coherencia consigo mismas y con su entorno, sean cuales sean sus circunstancias. Pues creo que su estado es obra de las interrupciones, de haberse dejado importunar por ese reclamo interno que invita a salir del zoo en el que nos desenvolvemos la mayor parte del tiempo; ese lugar donde nuestra ingenuidad da crédito a la ley absoluta de las jaulas, donde cada barrote marca una separación entre lo que está bien y lo que está mal.

Esa gente, la que se deja interrumpir, es la que impide que lo importante se pierda; la que recoge su colección de rarezas y les da sentido, haciendo que los demás también queramos buscar ese espacio donde encontrar nuestras cosas perdidas. Tengo suerte, conozco a una de esas personas.

‘Con el tiempo, encontramos el lugar perfecto.
Un rincón de una pequeña calle anónima.
Es un sitio que nunca sabrías que existía, de no haberte parado a buscarlo’

‘La Cosa Perdida’, Shaun Tan.

Anuncios

Contadores de estrellas

el contador

El contador de estrellas.

A veces, creo que Andrés Pérez Ortega está conectado con alguna habitación de mi pensamiento. Comparto buena parte de las reflexiones que expone en su blog y me gusta cómo argumenta y desarrolla las ideas, cómo teje el contenido.

Su post de hoy, No controlesafianza mi escasa devoción por los contadores de estrellas.  Esa obsesión por contar, medir, paquetizar… No sé, creo que nos perdemos en la parte por el todo. Si lo extrapolamos al universo del Social Media o, en realidad, a cualquier objetivo que uno se proponga (ya sea a nivel individual o colectivo), es necesario establecer referencias, puntos de control, en definitiva, medir. De otro modo, llegar a la meta, será pura casualidad. Pero, convertir esos datos en un objetivo en sí, ya me resulta más complicado de entender y aplicar.

El mundo de la Comunicación profesional -que es el que conozco un poco- ha tenido que reinventarse; pero, a pesar de la revolución y la apertura de mercado que debería haber supuesto el Social Media para el sector, seguimos siendo la hermana pobre. Esto es, mientras no puedas demostrar que tus servicios se traducen en beneficio económico a corto plazo, las empresas (o las personas que las forman) te seguirán considerando un lujo y no un básico. Un adorno. Creo que la fortaleza de una estrategia de comunicación adecuada reside en las pérdidas que puede evitar (no sólo económicas), más que en las ganancias cortoplacistas. Pero éste es otro post.

Volviendo al tema que nos ocupa, quizá es ese afán por demostrar la valía de las acciones de Comunicación vinculadas a Internet, el que nos lleva a simplificarlo en estadísticas (a menudo ininteligibles para el propio cliente). Ya se sabe, los números mandan, mal que nos pese a los de letras. Y en esta maraña de aplicaciones, programas, informes estadísticos, número de followers, visitas, visitantes, visitas por persona, tiempo de permanencia… En la práctica, se pierde lo esencial, el sentido de esas acciones en un determinado contexto.

Estoy convencida de que, coherentemente utilizadas, esas herramientas de medida resultan muy útiles, pero lo que percibo, a través de incontables post al respecto; mediante las intervenciones de personas que conozco y que se dedican profesionalmente al Social Media es todo lo contrario: en vez de ubicar, dispersan. Al final, acabamos ofreciendo SEO, en vez de Comunicación, olvidando que lo primero debe estar al servicio de lo segundo.

– Pero ¿qué haces con todas esas estrellas?
– Nada, las poseo.
– Yo – agregó – poseo una flor que riego todos los días. Poseo tres volcanes que deshollino todas las semanas. Porque deshollino también el que está apagado. Nunca se sabe. Es útil para mis volcanes, y es útil para mi flor, que yo los posea. Pero tú no eres útil para las estrellas.

(Extraído de ‘El contador de estrellas’. Capítulo 13 de ‘El Principito’. Antoine de Saint-Exupéry)

Tragaluz

Libroescultura de Sue Blackwell.

Libroescultura de Su Blackwell.

A veces, abres la ventana para airear, dejar que el ambiente de la calle impregne tu casa de vida y la salpique de sonidos, colores nuevos. Sin saber cómo, ocurre justo lo contrario: el exterior te contamina, se lleva tu brillo, dejándote a oscuras, a la intemperie.

¿En qué momento se hizo de noche? ¿Cuándo se puso tan frío? Intentas poner remedio: necesitas un interruptor, una manta, algo de intimidad para repasar lo andado y encontrar la causa.

Revisas tu material de rodaje. Los fallos de raccord siguen ahí. Alteran tu historia, te convierten en un personaje discontinuo, que cambia de apariencia y contexto sin ton ni son; los fotogramas arrojan fantasmas, un montaje de recuerdos elaborados por un realizador excéntrico. Maldito cine de autor.

Enrollas de nuevo el film, cierras la lata y la escondes bien. La oscuridad ayuda. Mejor dormir, esperar a que los sueños traigan respuestas. Y justo antes de rendirte, en ese momento en que le cedes tus ojos al techo protector, descubres tu ventana: el tragaluz que te observa, esperando ser abierto, para derramar su haz y bañarte con rayos de otro sol. La recién descubierta claridad susurra su mantra: ‘Déjame entrar’. Y tú obedeces, sellas las fugas, silencias el ruido, enciendes la luz. 

Piezas pequeñas

Piezas pequeñas, pero imprescindbles.

Mesa Lego, hecha de piezas pequeñas, pero imprescindibles.

Estamos inmersos en una revolución socioeconómica. Los mimbres que habíamos establecido ya no sirven. Da la sensación de que vivimos en dos universos paralelos: por un lado, el que opera sobre el papel (el viejo modelo) y, por otro, el que se impone a través de las directrices marcadas por una sociedad cada vez más redárquica, donde los medios digitales cambian, a un ritmo de vértigo, las preguntas, justo cuando creíamos tener las respuestas.

Para los que hemos crecido y convivido con el sistema anterior -ese donde bastaba con estudiar una carrera para acceder a un puesto de trabajo, cumplir un horario y llevar una vida pautada-, resulta complejo despertar de ese sueño, reinventar las reglas del juego, planificar nuestra estrategia como jugadores con unas cartas nuevas que apenas sabemos identificar. Nos cuesta distinguir entre una buena baza y un farol; es lo más difícil, pero, mal que bien, nos vamos adaptando. La necesidad imperiosa de actuar (sin acción no hay cambio, y sin cambio nos estancamos, nos hacemos invisibles) mantiene a raya el pensamiento catastrofista y destructivo que solo lleva a esperar que vengan a salvarnos. Algo que, con toda certeza, no va a ocurrir.

No me atrevo a elucubrar sobre lo que piensan o sienten aquellas personas que vivieron un tránsito de cero a cien en pocos años; viendo cómo su vida esclava, se llenaba de pronto de ‘derechos’, convenios y otra clase de regulaciones que prometían una vejez dorada, para llegar a un punto en que ni siquiera están aseguradas las pensiones para las que han cotizado.

Pero, ¿qué pasa con los que vienen detrás? ¿Estamos haciendo algo para adaptar esos mimbres gastados a la nueva realidad? O, por el contrario, ¿seguimos mirando hacia otro lado? No parece responsable continuar con el mismo itinerario: una educación pública cada vez más recortada y con un sesgo en valores alarmante; ciclos formativos largos y plagados de contenido ajeno al nuevo contexto sociolaboral; falta de información y orientación adecuadas (si no sabes lo que ocurre a tu alrededor, difícilmente puedes elegir nada).

Creo que seguimos fomentando la generación de individuos estándar. Y es necesario empezar a pensar en esos chicos como personas a las que mostrar que pueden hacer más de lo que alguien o ‘álguienes’ dicen que hay que hacer; que detrás de una formación superior (para quien pueda pagarla, claro), hay una realidad a la que tendrán que enfrentarse y de la que nadie les ha hablado claro. El objetivo de formarse es el de desarrollar nuestras habilidades y talentos, no el de obtener un título y ser una etiqueta profesional más.

Quizá es el momento de ejercer nuestra responsabilidad como individuos; de hacer algo, por poco que sea, para contribuir al cambio necesario.

Yo propongo el remedio más mágico y milagroso que conozco: la Comunicación. Es necesario contar lo que ocurre, transmitir nuestras experiencias personales, vivencias reales sobre cómo se las apaña la gente después de un título, de un fracaso, de un punto de inflexión en el que te quedas sin respuestas y con herramientas que no sabes utilizar; cómo se generan ideas nuevas, cómo descubrir qué es aquello en lo que realmente somos malos, mediocres, excelentes, pero que nos apasiona; cómo entender que ser una pieza pequeña de algo grande, puede dar sentido a nuestros pasos y nos convierte en agentes de cambio fundamentales.

Mudanza

Ilustración de mudanza

Mudanza

En 35 años que tengo, he cambiado ocho veces de casa. Las tres primeras, sin enterarme apenas; las cinco últimas, por decisión propia y en momentos de crecimiento personal importante.

Una, a los 18: me iba a estudiar Periodismo a Bilbao. Cambio del instituto a la facultad; nueva ciudad; dejar atrás (al menos temporalmente) a los amigos de siempre; tener mi propia habitación, toque de queda y la obligación de asistir a misa los domingos (era una residencia de monjas….) convivir con gente nueva; con la incertidumbre de saber si sabría adaptar mis manías a las suyas, y la certeza de que, dado el paso, no había marcha atrás.

Un par de años después, fin de las misas dominicales, de la comida grasienta (engordé unos ocho kilos el primer año 😦 ) y el toque de queda. Otras dos compañeras y yo, buscamos un piso para compartir en la ciudad. Perdí los ocho kilos (y alguno más); gané buenos amigos; aprendí lecciones de humildad y me despojé de muchos prejuicios; también adquirí habilidades de organización doméstica (aunque creo que, con el tiempo, volví a perderlas); hicimos fiestas, ‘akelarres’ y todo lo que correspondía al momento vivido. También estudié, ¡claro! El balance: una experiencia excepcional que guardo en la memoria, el corazón y los álbumes de fotos.

La siguiente, a los 23: tras cuatro años de conducirme sin supervisión paterna, se me hacía un mundo volver atrás. Adoro a mis padres (quienes, por cierto, han estado conmigo en todas estas mudanzas, ayudándome, calmándome y haciéndome sentir segura me fuera a donde me fuera), pero me han educado para ser una persona independiente, así que, al año de volver a Asturias y empezar a trabajar, en cuanto pude, busqué mi espacio.

Físicamente aquel piso era un antro. De hecho, lo bauticé cariñosamente como ‘el piso yonki’, por su aspecto cutre y desaliñado. Esa mudanza fue importante para mí. Acababa de salir de una relación ‘seria’; empezaba a descubrir que mis inquietudes profesionales no estaban cubiertas en el empleo que tenía entonces… En definitiva, estaba empezando a madurar.

Tras un par de años, me mudé de nuevo. Solo dos calles más abajo, pero a otro universo. Uno que me duró diez años. En ese lapso, de aparente estabilidad, viví de todo un poco, o un mucho, según se mire. Casi la tercera parte de mi vida entera, toda mi adultez conocida.

Y ahora, hace unos días, la quinta. Reseteo integral. Cambio de ciudad; nuevos proyectos profesionales y personales; la sensación de que, después de un tiempo luchando contra la nada, vuelvo a conquistar un cuarto propio, el espacio que necesito para crecer y no permanecer como Alicia, tras probar un trozo del extraño pastel.

Alicia, tras comerse un trozo de pastel agigantador...

Alicia, tras comerse un trozo de pastel agigantador…

Estoy físicamente agotada. Y aún tengo mucho por desembalar (incluidas algunas emociones que guardé apresuradamente y necesitan salir, airearse), construir este nuevo hogar; pero esa sensación de poder, de posibilidades, de incertidumbre positiva… No la cambio por nada.

Comparto esta reflexión entre cajas, a sabiendas de que esta mudanza no será la última. Consciente de que las personas, las circunstancias, cambian, pero el cambio permanece.