Mudanza

Ilustración de mudanza

Mudanza

En 35 años que tengo, he cambiado ocho veces de casa. Las tres primeras, sin enterarme apenas; las cinco últimas, por decisión propia y en momentos de crecimiento personal importante.

Una, a los 18: me iba a estudiar Periodismo a Bilbao. Cambio del instituto a la facultad; nueva ciudad; dejar atrás (al menos temporalmente) a los amigos de siempre; tener mi propia habitación, toque de queda y la obligación de asistir a misa los domingos (era una residencia de monjas….) convivir con gente nueva; con la incertidumbre de saber si sabría adaptar mis manías a las suyas, y la certeza de que, dado el paso, no había marcha atrás.

Un par de años después, fin de las misas dominicales, de la comida grasienta (engordé unos ocho kilos el primer año 😦 ) y el toque de queda. Otras dos compañeras y yo, buscamos un piso para compartir en la ciudad. Perdí los ocho kilos (y alguno más); gané buenos amigos; aprendí lecciones de humildad y me despojé de muchos prejuicios; también adquirí habilidades de organización doméstica (aunque creo que, con el tiempo, volví a perderlas); hicimos fiestas, ‘akelarres’ y todo lo que correspondía al momento vivido. También estudié, ¡claro! El balance: una experiencia excepcional que guardo en la memoria, el corazón y los álbumes de fotos.

La siguiente, a los 23: tras cuatro años de conducirme sin supervisión paterna, se me hacía un mundo volver atrás. Adoro a mis padres (quienes, por cierto, han estado conmigo en todas estas mudanzas, ayudándome, calmándome y haciéndome sentir segura me fuera a donde me fuera), pero me han educado para ser una persona independiente, así que, al año de volver a Asturias y empezar a trabajar, en cuanto pude, busqué mi espacio.

Físicamente aquel piso era un antro. De hecho, lo bauticé cariñosamente como ‘el piso yonki’, por su aspecto cutre y desaliñado. Esa mudanza fue importante para mí. Acababa de salir de una relación ‘seria’; empezaba a descubrir que mis inquietudes profesionales no estaban cubiertas en el empleo que tenía entonces… En definitiva, estaba empezando a madurar.

Tras un par de años, me mudé de nuevo. Solo dos calles más abajo, pero a otro universo. Uno que me duró diez años. En ese lapso, de aparente estabilidad, viví de todo un poco, o un mucho, según se mire. Casi la tercera parte de mi vida entera, toda mi adultez conocida.

Y ahora, hace unos días, la quinta. Reseteo integral. Cambio de ciudad; nuevos proyectos profesionales y personales; la sensación de que, después de un tiempo luchando contra la nada, vuelvo a conquistar un cuarto propio, el espacio que necesito para crecer y no permanecer como Alicia, tras probar un trozo del extraño pastel.

Alicia, tras comerse un trozo de pastel agigantador...

Alicia, tras comerse un trozo de pastel agigantador…

Estoy físicamente agotada. Y aún tengo mucho por desembalar (incluidas algunas emociones que guardé apresuradamente y necesitan salir, airearse), construir este nuevo hogar; pero esa sensación de poder, de posibilidades, de incertidumbre positiva… No la cambio por nada.

Comparto esta reflexión entre cajas, a sabiendas de que esta mudanza no será la última. Consciente de que las personas, las circunstancias, cambian, pero el cambio permanece.

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10 pensamientos en “Mudanza

  1. Pues claro que sí! La vida que dan las vueltas 😀 me encanta sentirte tan viva y saberte tan llena de proyectos, ideas y emociones por estrenar y desempolvar 🙂 Un beso pero apretao, apretao!

  2. Querida inspiradora de emociones,
    Una mudanza es una montaña rusa de sentimientos, de recuerdos, de imágenes. A todo eso hay que sumarle el esfuerzo físico (salvo que algún buen samaritano te preste su ayuda y su carro de transportista) de sacar las cosas de un sitio y meterlas en cajas para, después de transportarlas convenientemente, sacarlas de las cajas para meterlas en su nuevo sitio.
    Con las emociones y los recuerdos hay que hacer algo similar. Abandonar el piso antiguo saca fuera mucho de lo arrinconado, hay que meterlo también en cajas y decidir si te lo llevas o lo tiras al reciclado. Si decides llevártelo tienes que buscarle su nuevo sitio en tu nuevo piso emocional, ¡qué cansino esfuerzo el de mudar de vida!
    ¡Pero merece la pena! Un experto en mudanzas te diría que en cada una dejas muchas cosas atrás para poder incluir muchas otras nuevas (en la mayoría de los casos algo mejores). Yo, que nunca me he mudado y siempre he vivido en mi pequeña lavadora, solo sé darle vueltas a las cosas, pero estoy seguro que esta nueva mudanza te permitirá crecer y mucho. Eso implica más espacio para emocionarte con más cosas y eso, a su vez, implica más tráfico de emociones. Así que tus seguidores incondicionales estamos encantados por esta mudanza.
    Giratoriamente tuyo…

    • Mi buen samaritano: tienes razón. No he sido la única que se ha dejado la piel en esta mudanza, pero eso es otro post…
      Como dice mi amiga Ángela: ¡La vida que dan las vueltas! Y es verdad, dan mucha vida.
      Gracias.

  3. ¿¿?? uy el próximo café va a darnos para mucho!! 😉 Mucha suerte ranita, estoy segura de que aquí, allá o donde sea encontrarás tu lugar perfecto para ser. Besitos de una ‘muy fan’ de este tráficoemocional!!

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