Marcas ajenas

‘Un caballo pintado a rayas no es una cebra’ (Louis Kahn)

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Se incide constantemente en la importancia de construir y gestionar nuestra marca personal; de fundir, en una sola impresión, lo que somos con lo que mostramos. Para ello, además de usar el autoconocimiento y sentido común propios, y de conocer cómo nos ven los demás, podemos valernos de las múltiples herramientas que muchas personas, a través de la red y otros canales, ponen a nuestra disposición. Pero, como suele señalar Andrés Pérez Ortega en sus post, esto es una carrera de fondo, no hay fórmulas mágicas para crearse una buena marca personal. Importa la piel que traemos puesta , más que el lamé y oropeles que alguien nos venda por el camino.

En cierto modo, saberlo es un alivio, una especie de garantía de que prevalecerán aquellas marcas, cuyos valores y esencia (hilados con la estrategia adecuada) vayan en consonancia con lo que promulgan.

Pero, antes de llegar hasta ese punto, antes de tomar lo que somos, identificarlo y estructurarlo del modo adecuado para construir un espacio propio que habitar en el universo del branding personal, es necesario un trabajo de limpieza, de quitarnos aquellos aromas con los que otros, con mayor o menor criterio, nos han vestido sin consultarnos, ni conocernos lo suficiente.

Se me viene a la cabeza una reflexión que hacía el comunicador Pachi Poncela, en el marco del programa ‘Yo Quiero Ser’, en el que colaboro con LabRevolución: “El colegio me dijo que yo era de Letras, ni de Ciencias ni de Gimnasia”. Ese tipo de etiquetas, que nos asignan determinados roles ya desde pequeños, ensucian nuestro potencial, ocultan inquietudes e intereses que, por arte de “Tú para esto no sirves” o “Haz esto, que es lo que mejor se te da”, empañan el desarrollo de otras habilidades que también podemos y queremos desarrollar; dibujan un sendero en el que, llegado el momento de reflexionar sobre lo que somos, queremos y mostramos, puede convertirse en un laberinto, donde nos sintamos extraños, perdidos.

Por eso creo que resulta indispensable, a la hora de diseñar y tomar conciencia de nuestra propia marca, saber despojarnos de las marcas ajenas; de aquello que no somos ni nos representa, por mucho que otro lo diga.

Aprobado general

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El aprobado general nos vuelve invisibles.

Nos pasamos la vida, buscando aprobación. Empezando por la de los padres, nuestro núcleo afectivo inmediato; luego, la de compañeros de clase y amigos; también de nuestros profesores; más adelante, la de quienes componen nuestro entorno laboral; por supuesto, la de nuestra pareja, nuestros hijos, si los tenemos… Saltamos de casilla, en casilla, haciendo equilibrios para no salirnos de sus bordes imaginarios; a veces, nos paramos, presas de la inseguridad que nos produce el miedo al suspenso, a saltar y perder pie (Nos imagino como Chinos Cudeiros en serie, sorteando el agua para llegar a la siguiente zamburguesa en nuestro absurdo universo de Humor Amarillo).

Salvando las distancias, queremos encajar, construir un mundo a nuestra medida, pero se nos olvida lo básico: conocer nuestras proporciones. El largo, el ancho, son fáciles de tallar, pero el resto del mapa, nuestro territorio emocional, con su particular egografía nos es, a menudo, un lugar virgen, terreno por conquistar.

Y es así como surgen los conflictos, porque una cosa es ignorarnos y otra, bien distinta, no existir. Lo que somos nos acompaña, como el monstruo oculto bajo la cama, donde no queremos mirar. Para cuando lo hacemos, hemos perdido vista; no entendemos nuestra letra pequeña, cuyas cláusulas se imponen en forma de galimatías; carteles en un alfabeto imposible, que en vez de guiarnos nos desorientan.

Quizá pueda parecer una moda, una pose New Age, pero creo que la auténtica libertad (una basada en la elección consecuente, que va más allá de la recompensa inmediata o del ‘hago lo que me da la gana’), sólo puede asentarse sobre una sólida base de autoconocimiento.  Fomentar, facilitar herramientas para que podamos identificar quiénes somos, qué queremos, desde bien temprano, tendría como resultado una sociedad mejor, armada de personas responsables, conscientes de su valor indispensable y único para dar sentido a la vida propia, en un contexto común, sin que sus pasos estén marcados por la culpa, el miedo al fracaso o la no aceptación.

El aprobado general, ese lugar mediocre, donde habitamos una existencia anónima, puede parecer perfecto, pero rebosa contaminación; respirar su aire nos enferma, nos vuelve ciegos e invisibles.