Comunicación y entornos colaborativos

La Comunicación, una herramienta clave en entornos colaborativos

La Comunicación, una herramienta clave en entornos colaborativos

Estamos inmersos en un escenario de cambio, a todos los niveles. Las nuevas tecnologías posibilitan y exigen nuevos modos de trabajar y de relacionarse, algo que afecta directamente al modo en que gestionamos las herramientas de Comunicación a nuestro alcance.

Este nuevo contexto está resultando muy enriquecedor; nos ha hecho tomar conciencia de que somos individualmente responsables de lo que nos ocurre como grupo (lo que yo hago, influyen en lo que nos pasa a todos; seamos tres o un millón de personas). Pero también ha activado uno de los mayores elementos de bloqueo para el individuo: el rechazo a asumir la propia responsabilidad.

El rechazo desemboca en miedo y por tanto en parálisis/estancamiento, pero solo si nos adaptamos al cambio, nuestro proyecto podrá salir adelante, crecer y dar lugar a otros nuevos.

Esa adaptación, aplicada a los nuevos entornos colaborativos, pasa por implantar una buena estrategia de Comunicación Eficaz.

Necesitamos a personas lo bastante involucradas, como para no quedarse en hacer lo que tienen que hacer, sino que den un paso más allá y adelanten soluciones a problemas que aún no han llegado, para que no se produzcan.

¿Cómo se está implementando ese cambio de escenario?

“Dime y olvidaré; muéstrame y quizá recuerde; involúcrame y entenderé”

En muchos casos, perpetuando las malas prácticas y lo que es peor, disfrazándolas de cambio aparente:

  • Misión, visión, valores… de cartón piedra. Además de quedar bonito, como apartado en la Web corporativa tienen que tener algo más detrás. El soporte de estos tres elementos es lo que nos hace fuerte como marca, pero requiere un ejercicio intenso de autoconocimiento, para poder establecer una estrategia, acorde a mis valores y objetivos, y lo más importante, saber transmitirlos. Si no sé quién soy, difícilmente podré construir una marca, y mucho menos hacer que mis colaboradores la interioricen como propia y se pongan la camiseta.
  • Desconocimiento del capital humano. ¿Conozco bien a mis empleados y colaboradores? ¿Qué espero de ellos? ¿Qué esperan ellos del proyecto? ¿Qué grado de implicación pueden asumir y cómo hago para que se sientan comprometidos para sacarlo adelante?
    Durante un evento de Networking sobre los pormenores del emprendimiento, un asistente realizó una apreciación, bajo mi punto de vista, muy acertada: “Yo lo que quiero es que mis jefes me exploten, pero que me exploten bien”. Esto es, nos gusta sentirnos útiles, saber que nuestras capacidades son importantes para el desarrollo de un proyecto y no estar desaprovechados en un rincón, calentando la silla.
  • Falta de transparencia. La política de hechos consumados es una mala práctica. Si me dices que tenemos que apretarnos el cinturón, porque son tiempos malos y no me explicas exactamente en qué situación nos encontramos, y tampoco cuentas con mi opinión al respecto, desconfiaré de ti y sentiré que, sencillamente no te importo un carajo y que lo único que quieres es salvar tu culo y el Audi en el que lo desplazas.
    Máxime, si todos los signos externos apuntan a que tú y los otros jefes no habéis hecho esfuerzo alguno que os repercuta negativamente.
  • Incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Expresar, como colaborador, una necesidad o proponer algo a quien tenga el poder de decisión; decirle que lo solucionarás, ofrecerle buenas palabras y… no hacer absolutamente nada. La desmotivación y pérdida de credibilidad de tu equipo es un precio muy caro a costa de sostener un liderazgo jerárquico, en donde pesa más un organigrama, que las personas que lo integran, aunque no figuren en él.
  • El conocimiento, ese tesoro… Enterrado. Además de las personas de tu red, lo que hace más competitiva a una entidad es su conocimiento. Y, como dice Elsa ‘Duquelsa’ (@duquelsa19) “Lo que no se comparte, se pierde”. Ese celo interdepartamental, donde parece que guardaran el Santo Grial es uno de los peores cánceres en cualquier entorno organizacional. El conocimiento compartido es el mayor activo de cualquier organización.
  • Rumore, rumore: Puede que no le des importancia a la comunicación, pero eso no significa que no exista. Si tú no tomas las riendas sobre el tipo de mensajes que quieres transmitir a tu equipo ni sobre el modo de hacerlo, tu marca será pasto de la rumorología. Esa falta de iniciativa y de claridad son caldo de cultivo para el miedo y la falta de compromiso: dos síntomas claros de que tienes todas las papeletas para que tu proyecto se vaya al traste.
  • Falta de información / Sobreinformación. Trabajando como directora de comunicación para un organismo público, mi mayor fuente de estrés era no llegar a reunir (en tiempo y forma) la información que me solicitaban los medios interesados. Mi trabajo dependía, en buena medida, de la colaboración de los distintos departamentos, y al final, en muchas ocasiones me veía suplicando datos o teniendo que buscarlos por mi cuenta, estableciendo canales de información alternativos (o sea, quemando a una o dos personas que tenían disposición de colaborar). O lo que era aún peor, me facilitaban los datos que pedía, unidos a otras tropecientas páginas (escritas en sánscrito) entre las que discriminar la información y convertirla en algo inteligible para el ciudadano de a pie.
    El estrés, la falta de recursos para cumplir con lo que se supone que entraba dentro de mis funciones como responsable de comunicación; la sensación de que la marca/imagen del organismo dependía, en cierto modo de mis actuaciones, sin tener margen de maniobra para positivarla…. ¿Resultado? Un entorno laboral muy complejo y estresante en el que algunas personas, en un intento absurdo de blindarse (no se sabe muy bien contra qué o contra quién)echaban por tierra la posibilidad de poner en valor su trabajo y el de su equipo.
  • Protocolos que dificultan, en vez de potenciar una comunicación eficaz. Como por ejemplo, el envío indiscriminado de mails con copia a todo Dios. Consecuencia: se ralentizan los procesos y  saturan a quienes no necesitan esa información, y obligan a quien lo envía a invertir un buen rato en redactar el texto que llegará a un compañero, un jefe de departamento, un presidente… 
  • Miedo a las redes sociales: un uso estratégico de las redes sociales da relevancia a la organización; permite anticiparse a posible crisis de reputación y crea vínculos emocionales con los miembros del equipo. Ese temor de muchos ‘jefes’ a usar y aprovechar los beneficios del Social Media conlleva la pérdida de oportunidades de crecimiento y se transmite a los miembros del equipo que, lejos de ejercer como embajadores de marca, evitan hacer cualquier comentario que les comprometa con la empresa (tanto para bien como para mal). 

Los colaboradores necesitan conocer y comprender su organización. Necesitan saber cómo evoluciona su entorno y estar informados sobre las estrategias de cambio y de futuro. Necesitan sentirse escuchados y que sus opiniones y sugerencias se aplaudan, reconozcan y se tomen en cuenta. Necesitan del diálogo y del intercambio de conocimiento. Necesitan sentirse  conectados e integrados en el proyecto empresarial, por el tiempo que sea. Esos son los colaboradores que cualquier organización necesita.

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Te doy mi palabra

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‘La palabra marca la diferencia’. Esta fue una de las frases con las que Antonella Broglia, directora de los TdxMadrid concluía el jueves pasado su Masterclass en el programa de RTVE AlaskayCoronas.

Disfruté cada segundo de su intervención. Era como sentir que una desconocida muy cercana entraba en mi pensamiento y lo ponía en valor, prestándole su voz, hilando un discurso magnético sobre el poder conector y movilizador de la palabra.

Acostumbrada a leer o escuchar sobre fórmulas infalibles para captar y mantener la atención de cualquier audiencia, Broglia convirtió un acto tan sencillo y cotidiano como contar una historia en algo mágico. (Si tienes peques a tu alrededor, aprovéchate. No hay audiencia más exigente y te dan la oportunidad de practicar casi a diario).

Usando la anécdota del apuñalamiento que casi cuesta la vida a Martin Luther King a manos de una mujer negra, Antonella Broglia desgrana los aspectos recurrentes de un buen discurso. Lo hace fácil, sin caer en la simplicidad de los formulismos genéricos. Nos dice, en suma, que usemos aquello que nos mueve para compartirlo con aquellos que han venido a escucharnos.

No hay nada nuevo en esos elementos presentes en cualquier intervención exitosa:

  • Un buen arranque: el comienzo de tu historia tiene que retener el interés que durante los primeros minutos te regalan quienes escuchan. Clavarse en su atención, como el puñal que casi atraviesa la aorta de Luther King.
  • Proponer lugares comunes: una anécdota, una metáfora, una imagen que ponga en situación a quienes nos escuchan, algo que facilite la comprensión del mensaje. La radiografía que muestra que, por un milímetro, la hoja del cuchillo no atravesó la aorta del protagonista, es sustituida en su historia por un estornudo. “Si yo hubiera estornudado, habría muerto”.  Algo tan inofensivo como un estornudo marca la diferencia entre la vida y la muerte. Esa idea cala mucho más que cualquier informe médico o detalle técnico. 
  • Vulnerabilidad: mostrar nuestra debilidad nos hace humanos, nos acerca a los otros. Da igual cuánta fama o prestigio tengamos, todos estamos expuestos al sufrimiento, al dolor, a la vergüenza o los miedos… Dejémoslo entrever en nuestra presentación. Así generaremos empatía y una mayor receptividad ante lo que estamos contando. 
  • Repetición: Usemos esa anécdota para que prenda nuestro mensaje. Todos los hitos importantes en la labor por los derechos civiles que desarrolló Luther King, podían haberse ido al traste por un simple estornudo. “Si hubiera estornudado, no habría estado presente en…, ni en…, o en…”. 
  • Implicación: no se puede convencer a nadie de algo sobre lo que tú no estás absolutamente convencido. La pasión es contagiosa. Hablar sobre aquello que nos mueve es el mejor ingrediente para sembrar el cambio en los otros, llevarles a la acción.

Esta Masterclass de Antonella Broglia tenía como excusa el fenómeno social de los selfies. Se dice que una imagen vale más que mil palabras, pero, como la propia Antonella dice al final de su intervención:

“En esta época de repetición obsesiva de las imágenes es la palabra la que vuelve a dar especificidad a las historias, la que hace que cada historia sea diferente”.

No puedo estar más de acuerdo. Te doy mi palabra.

LinkedIn, los nuevos empleos, los aniversarios de trabajo y el traje nuevo del Emperador

Ilustración de Alba Domingo, para el cuento de 'El traje nuevo del emperador'

Ilustración de Alba Domingo, para el cuento de ‘El traje nuevo del emperador’.

Éste podría ser el título de la próxima peli de Almodóvar, una especie de secuela de ‘Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón’, pero con las redes sociales virtuales como telón de fondo. Será que estoy algo empachada de tanto gurú, de tanta farsa disfrazada de santo remedio y tanto castillo en el aire, y por eso quiero rebelarme un poco; plantarle cara a esta especie de dictadura del Social Media a la que nos hemos sometido voluntariamente, quizá creyendo que así podríamos hacerle photoshop a nuestra realidad.

Creo que lo hemos entendido mal. Si algo bueno tienen las redes sociales es que nos dan la oportunidad de sacar pecho con nuestras fortalezas; rompen la barrera emocional, nos permiten mostrar lo que somos, eso que, habitualmente no sabemos o no tenemos oportunidad de enseñar, y también mejorar a partir de las conexiones con otras personas o entidades; claro, eso no se consigue de un día para otro, conlleva un trabajo personal de exploración, autoconocimiento, búsqueda, aprendizaje, constancia…  En definitiva, valores y actitudes necesarias para casi cualquier logro, tanto en la vida online como en la vida offline.

Todas las redes sociales en las que habilitamos un usuario personal hablan de nosotros, tanto si las alimentamos, como si no. La clave es, precisamente, el alimento. En el caso de las redes sociales profesionales y más concretamente en el caso de LinkedIn, la aplicación, que supuestamente es una plataforma orientada al networking y a generar una red de contactos a partir de la cual posicionarnos en un determinado sector profesional, ha derivado en una colección de perfiles de postureo que deslegitiman completamente el sentido con el que se presenta la red.

¿Qué es LinkedIn? Así se define la propia red social.

¿Qué es LinkedIn? Así se define la propia red social.

¿Qué fue antes el huevo o la gallina?

Los últimos cambios incorporados a la plataforma potencian esa forma de entender LinkedIn como un escaparate de lo que no somos o no hacemos. Aunque no sé si estos cambios vienen promovidos por el uso que le damos los usuarios a esta red o viceversa, los usuarios la utilizamos según nos sugiere la aplicación.

De un tiempo a esta parte, observo que muchas de las notificaciones de LinkedIn están relacionadas con nuevos empleos o aniversarios de trabajo; número de visitas al perfil, número de veces que la gente visualiza o recomienda lo que yo comparto, información sobre la eficacia del perfil…  No sé, me parece que hay un empeño excesivo en aparentar, en crear una imagen profesional artificial, a costa de seguir obviando lo que sí podemos ofrecer, aquello que tiene que ver con uno mismo y con sus auténticas competencias.

Palabras raras, cargos imposibles, nuevas fotos de perfil que no se parecen  en nada a la persona que hay detrás, tropecientos contactos, recomendaciones sin fundamento, calificación de eminencia sobre la eficacia del perfil…  Y todos contentos, sintiéndonos menos desnudos, por alabar en rebaño el traje nuevo del emperador.

El bando de los buenos

Cuando señales con el dedo, recuerda que otros 3 te apuntan a ti.

Cuando señales con el dedo, recuerda que otros 3 te apuntan a ti.

Somos sociales. Nos gusta sentirnos respaldados, estar de acuerdo con otros en que los demás ‘otros’ están equivocados. Bajo el vestido protector del grupo, nos empoderamos. De ahí extraemos el refuerzo necesario para sentir que estamos en el bando de los buenos, los que tienen razón, aunque el resto, nuestros contrarios -que además de ser los malos, son los tontos y los aburridos- no lo entiendan.

No sé muy bien en qué punto, en qué momento, surge la necesidad de encontrar un malo, de elegir a alguien del otro bando y convertirle en la excusa de nuestra estrategia para salvar el mundo (esa burbuja de tres calles, cuatro amigos y 20 conocidos que habitamos los buenos). Ese malono sabemos muy bien por qué- despierta nuestro espíritu de Fuenteovejuna. Quizá lo necesitamos para dar la espalda a todo aquello de malos que también tenemos, aunque no queramos, no sepamos o no podamos verlo.

El malo de turno va cambiando, según el contexto en el que nos desenvolvamos. Puede ser el empollón de la clase; un profesor que ‘nos tiene manía’ o que nos saca los colores, al evidenciarnos ante el resto; un compañero de trabajo que no participa en nuestros destripes sobre tal o cual otro empleado; un jefe inepto y desalmado… Ya sabéis a quiénes me refiero, esos personajes (es mejor verlos así, porque si los vemos como personas, corremos el riesgo de que nuestras gafas de ‘buenos’ dejen de funcionar y se apague nuestra sed de venganza o se nos quiten las ganas de ponerles en su sitio) que van pidiendo guerra, comportándose de manera diferente, de ese modo en que a nosotros, que somos los buenos, tanto nos molesta. Hablo de ese tipo que desafía tu postura, de tal modo que, concederle el más mínimo margen de duda, haría tambalear tu preciada colección de argumentos para convertirle en el ser más malo y despreciable del momento.

Resultamos curiosos los humanos. Somos capaces de cometer la mayor de las crueldades con esos malos de nuestro entorno, pero luego cuando nos llega la misma historia reproducida en otra parte, en otro contexto, nos ponemos de parte del enemigo. Decimos: ‘Pobre chico, lo único que hacía era estudiar bien, no se metía con nadie’; o, somos capaces de detectar sin ambages un caso de mobbing ajeno, pero miramos hacia otro lado cuando alguien se pasa con ese compañero rarito de nuestra oficina. Al abrigo de nuestra infinita bondad, pensamos: ¡Qué mala es la gente! Y ese espejismo de solidaridad es suficiente para tranquilizar nuestra conciencia.

Ser el malo es incómodo, te coloca en una posición en la que resulta difícil, ya no solo enfrentarte a los buenos, sino algo tan natural como seguir siendo como eres, seguir actuando como crees que debes actuar. No es sencillo sentirse atacado, aislado, criticado por la espalda. Sobre todo, cuando ninguno de esos buenos en masa, ha tenido la consideración de hacerte ver –de forma individual- qué es eso tan malo que les has hecho para que se comporten así contigo.

De vez en cuando, conviene pensar en nuestros ‘malos’ del momento e imaginar que lo saben, que son conscientes de que las críticas del grupo, de los silencios incómodos cuando aparece, del aislamiento pretendido. Desde esa perspectiva, los bandos se desdibujan, pero se ve todo con más claridad.