El bando de los buenos

Cuando señales con el dedo, recuerda que otros 3 te apuntan a ti.

Cuando señales con el dedo, recuerda que otros 3 te apuntan a ti.

Somos sociales. Nos gusta sentirnos respaldados, estar de acuerdo con otros en que los demás ‘otros’ están equivocados. Bajo el vestido protector del grupo, nos empoderamos. De ahí extraemos el refuerzo necesario para sentir que estamos en el bando de los buenos, los que tienen razón, aunque el resto, nuestros contrarios -que además de ser los malos, son los tontos y los aburridos- no lo entiendan.

No sé muy bien en qué punto, en qué momento, surge la necesidad de encontrar un malo, de elegir a alguien del otro bando y convertirle en la excusa de nuestra estrategia para salvar el mundo (esa burbuja de tres calles, cuatro amigos y 20 conocidos que habitamos los buenos). Ese malono sabemos muy bien por qué- despierta nuestro espíritu de Fuenteovejuna. Quizá lo necesitamos para dar la espalda a todo aquello de malos que también tenemos, aunque no queramos, no sepamos o no podamos verlo.

El malo de turno va cambiando, según el contexto en el que nos desenvolvamos. Puede ser el empollón de la clase; un profesor que ‘nos tiene manía’ o que nos saca los colores, al evidenciarnos ante el resto; un compañero de trabajo que no participa en nuestros destripes sobre tal o cual otro empleado; un jefe inepto y desalmado… Ya sabéis a quiénes me refiero, esos personajes (es mejor verlos así, porque si los vemos como personas, corremos el riesgo de que nuestras gafas de ‘buenos’ dejen de funcionar y se apague nuestra sed de venganza o se nos quiten las ganas de ponerles en su sitio) que van pidiendo guerra, comportándose de manera diferente, de ese modo en que a nosotros, que somos los buenos, tanto nos molesta. Hablo de ese tipo que desafía tu postura, de tal modo que, concederle el más mínimo margen de duda, haría tambalear tu preciada colección de argumentos para convertirle en el ser más malo y despreciable del momento.

Resultamos curiosos los humanos. Somos capaces de cometer la mayor de las crueldades con esos malos de nuestro entorno, pero luego cuando nos llega la misma historia reproducida en otra parte, en otro contexto, nos ponemos de parte del enemigo. Decimos: ‘Pobre chico, lo único que hacía era estudiar bien, no se metía con nadie’; o, somos capaces de detectar sin ambages un caso de mobbing ajeno, pero miramos hacia otro lado cuando alguien se pasa con ese compañero rarito de nuestra oficina. Al abrigo de nuestra infinita bondad, pensamos: ¡Qué mala es la gente! Y ese espejismo de solidaridad es suficiente para tranquilizar nuestra conciencia.

Ser el malo es incómodo, te coloca en una posición en la que resulta difícil, ya no solo enfrentarte a los buenos, sino algo tan natural como seguir siendo como eres, seguir actuando como crees que debes actuar. No es sencillo sentirse atacado, aislado, criticado por la espalda. Sobre todo, cuando ninguno de esos buenos en masa, ha tenido la consideración de hacerte ver –de forma individual- qué es eso tan malo que les has hecho para que se comporten así contigo.

De vez en cuando, conviene pensar en nuestros ‘malos’ del momento e imaginar que lo saben, que son conscientes de que las críticas del grupo, de los silencios incómodos cuando aparece, del aislamiento pretendido. Desde esa perspectiva, los bandos se desdibujan, pero se ve todo con más claridad.

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3 pensamientos en “El bando de los buenos

  1. Pingback: Mr. Inconformismo & Mrs. Entusiasmo | Te vas a quedar a cuadros

  2. Cada uno decide que es bueno y que es malo, para mí hay una frase que me ayuda a no ponerme como un loco a convencer a todo el mundo de que existe un bando bueno y es el mio, y es esta frase que parece inocua, pero podría ser el antídoto de muchas enfermedades en nuestra sociedad, “se puede tener la razón, o ser feliz”. Muchas gracias por este artículo, una vez más, me ha encantado!!!

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