Libres de culpa

Son días extraños. Las vacaciones de Semana Santa imponen su celebración. Supuestamente son días libres (no para todo el mundo, lo sé), pero siempre me ha parecido un descanso con trampa, condicionado por las escenas de terror que destilan los festejos cristianos.

Los pasos, las procesiones, las mismas películas raídas por el tiempo, que tiñen sobremesas e insomnio de sangre y milagros… Quizá sea fruto de recuerdos de infancia maleados por el tiempo y la memoria, pero no logro despegarme de esa sensación de estafa, de disfrute incompleto.

El regalo de estas fiestas viene envuelto en papel de culpa y castigo. Cosas de la Iglesia, supongo. Me recuerda a esa escena de la peli ‘Pactar con el diablo’, en la que Al Pacino, que interpreta el papel de Lucifer, le dice un atolondrado Keanu Reeves a qué se reduce nuestra misión en el mundo: ser marionetas.

No se trata de Dios, ni de criticar a la Iglesia (se desacreditan bastante bien ellos solitos); se trata de nosotros mismos, de nuestra tendencia a refugiarnos en el bien y el mal para eludir cualquier responsabilidad sobre lo que nos pasa por dentro y por fuera.

Es fácil confundir la culpa con el sentido de la responsabilidad; con la ética y el respeto a uno mismo. Pero no te engañes, la culpa es pura tiranía; una manera dócil de hacerle el juego a esas sombras de colmillo retorcido, que manejan los hilos.

Éste es hoy mi pequeño conato de rebelión, juntar unas cuantas letras para no olvidar que los sacrificios, en sí mismos, no sirven para nada. Adquieren sentido cuando te llevan a donde quieres, a un respiro, a los buenos momentos, libres de culpa.

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