Alicias

alicias-2¿Qué tiene de extraño quedarse dormida en un prado al sol, a la hora de la siesta? Aún es verano, se puede soñar con conejos blancos, reinas de corazones y gatos de sonrisa misteriosa.

Al otro lado de la madriguera, solo aguarda el otoño, plagado de hojas, preñado de invierno doble.

En cambio aquí, en este reducto de azul y otros viejos colores, la ceguera está bien vista. ¿Qué importa lo que viene después, mientras podamos imaginar los sueños de ahora?

En este cuento, hay tantas Alicias como madrigueras. Y todo en ellas es distinto: su pelo, sus ojos, su ropa de niña bien… A veces, amanece castaña, de ojos pardos, vestida de lunes. Y busca desesperada un ‘Bébeme’ que la empequeñezca, hasta casi desaparecer. Otras, ni se la ve. Aguanta la respiración, se mantiene oculta entre el ejército de muñecas estándar, como hierba entre las hierbas. Y si una brisa la mueve, pide perdón por empujar, en vez de preguntarse si alguna vez podrá importunar por sí misma, sin falta de otros aires.

Ahí, al borde del deshielo, puedes ver a otra; sí, justo esa, la que tiembla de calor. Ha ingerido una extraña poción; esa que encierra tu pensamiento en un cuerpo bobo. Y en un intento de fuga, Alicia grita: “Estoy lista. ¡Que me corten la cabeza!

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Un político, una santa, un conde y un marqués son los ángeles custodios de esta fortaleza. Cuando visten de calle, se les conoce como Uría, Susana, Toreno y Santa Cruz.

Check in en el Campo San Francisco (Oviedo)

 ‘Check-in’ en el Campo San Francisco (Oviedo)

Árboles, fuentes, estatuas, animales, quioscos, bancos, biblioteca, juegos y personas constituyen el atrezzo y aderezan su guión, alternando papeles de extra y protagonista, según el día.

Son los habitantes de este bosque, una víctima de la máquina del tiempo. Parece estar atrapado en una época futura; como si arrastrara dos siglos de desfase.

El otoño es su estación natural y lo pinta de ocres, amarillos, marrones, verdes, algún azul eléctrico (que se pavonea, a sabiendas de que no acabará en ningún horno, aunque sea Navidad)… Son tonos desordenados, casi tanto como las visiones que se estampan en mis pupilas.  Me convierten en rehén de esa calma frenética y plomiza, y me impiden ordenar las ideas, no me dejan tomar nota.

Me libero fijando la mirada ante una escultura, tan quieta que transmite vida. Sus ojos humanos y su postura incómoda me dicen que me largue, que necesita rascarse y que para eso yo no debo estar ahí mirando. Y no es que sea pudorosa (para el mes en que estamos, va bastante ligerita de ropa), es que si la veo moverse, pierde el juego, el juego de las estatuas.

En el estanque, nadan los patos, cansados ya de representar ‘El Charco de los Tristes’. Odian nadar entre la mierda que les tiran. Algunos parecen drogados y deduzco que el hastío, las palomas, los niños y los gamberretes de turno les han arrastrado a la mala vida, se han hecho amigos de los yonquis y hasta mantienen charlas animales, de pato a camello.

Los pavos, en cambio, son la reencarnación de las ratas de iglesia que dibujaba Clarín en La Regenta. Tan dignas, tan de derechas, tan de la nobleza y el rancio abolengo.

Pero, para clases, las de los árboles. Pierdo la cuenta de tantas sabias razas con savia, como hay. Disimulo, pero sé que con el viento de su parte, se las han arreglado para mirar todos hacia mí. Murmuran en lo alto, oigo el cuchicheo de sus ramas, aunque no logro descifrar lo que dicen. Me han descubierto; saben que he venido de inspección. Quizá se sientan observados; seguro que no tanto como yo.

Me detengo en la biblioteca: es de nube, vainilla y caramelo; esa explosión naïf rompe la estampa sin contemplaciones, rasgando la capa adusta y gris del pavimento señorial. Pienso en Hansel y Gretel, ¿le hincarían el diente? No, aquí no les espera ninguna bruja. Y si lo hiciera, estaría escondida tras la mesa de devoluciones. Llevaría gafas y su nariz sería chata, ¿operada? Nada que ver con la que imaginaron los Green.

El cielo se pone chulo, amenazador; como si no quisiera que me acercara a la fuente: – ¿Quieres ver agua? Pues tranquila, que la verás…, me susurra el cortejo de nubes. No hago caso, me acerco a lo que se me antoja la versión zombie de un extraño oasis. Algunas hojas muertas flotan en él y la lluvia anunciada, intenta reanimarlas a gotazos, a modo de improvisado desfibrilador.

No he traído paraguas y el campo, el parque, el bosque de San Paco me dice, llorando a traición: “Vuelva usted mañana”.

            

La espera

La Espera

© La Espera (Badri Lomsianidze, 2007)

El lugar más triste del mundo. Eso era aquel cuarto, tan lleno y vacío a la vez. Nadia entró y, enseguida, se vio transportada a una fiesta en la que todos parecían divertirse, menos ella.

La habitación apenas dejaba espacio libre para airear sus emociones: dos camas, el armario, un tocador y poco más. Avanzar entre todo aquello resultaba difícil, casi imposible. Tanto trasto no mitigaba, en absoluto, el frío inhóspito de su mazmorra.

Optó por permanecer junto a la ventana, esperando tranquila el golpe de estado. Pronto llegaría un ejército de recuerdos, imponiéndose y sometiendo la voluntad de su memoria indefensa.

Aún sabiendo que aquello hacía daño, cada cierto tiempo, Nadia sentía la necesidad de pasar un rato allí, acurrucada entre las sábanas de su dolor; su viejo enemigo irrumpía siempre con tanta violencia, como la primera vez.

El sonido lejano de un teléfono trajo consigo promesas de bandera blanca.
No descolgaría, refugio o prisión, Nadia había elegido quedarse en el lugar más triste del mundo.

Un día cualquiera

El Principito y su rosa

A veces, la vida duele. Escuece, como esos pequeños trocitos de piel que se desprenden del borde de la uña. Dan ganas de seguir tirando, porque en nuestra ingenuidad vital, pensamos, soñamos, que si arrancamos del todo esa telilla desprendida -suelta, sola-, el dedo, el alma, dejará de dolernos, de pedirnos una tirita y un poco de yodo que desinfecte la herida y se lleve lo rojo, lo hinchado, lo malo.

Esa vida es la misma que a veces, grita y late furiosa, como queriendo desgarrar lo que nos queda. Le ocurre como a la tarde  de cada día, cuando las sombras la ahogan ligeras, pero implacables; y entonces, como por arte de metástasis, lo negro la viste, eso sí, bien elegante, con estrellas, a modo de lentejuelas. Y nos dejamos mecer, en brazos de este fúnebre cortejo. Su arrullo nos acuna despacio, en un ciclo eterno donde la vida, a veces, duele.

Eva en el bosque


El sueño (Gustav Klimt)

Era preciosa. Las pequeñas gotas que acariciaban sus estrías de un color plateado, casi blanquecino, la hacían parecer aún más bella. La hojita, ajena a su hermosura, besaba los pies de la joven, como tantas otras hermanas suyas lo hacían, a medida que ésta se abría paso entre el manto verde. La muchacha agasajada parecía no necesitar más para ser feliz. Como si caminar descalza sobre la suavidad del amanecer, fuese suficiente.

         A unos metros de distancia, Eva observaba perpleja el espectáculo. La chica del bosque se le parecía tanto… Pero no, nada que ver. Ella, en las mismas condiciones que su igual, sólo era capaz de percibir la humedad incómoda que el suelo sucio y la hojarasca inyectaban en sus pies descalzos.

         Sin más, y para su satisfacción, la imagen desapareció. Eva se decidió a avanzar. Le atraía la idea de pisar el escenario donde su fantasma había estado bailando.

         Pero, todos los esfuerzos fueron en vano, no lograba dar un solo paso. El más leve movimiento le suponía empeñar todas sus energías en realizarlo.

         En un intento desesperado por desplazarse, sintió cómo su cuerpo caía suave, lentamente, como si fuera una de las serviles hojas que antes abrazaban los pies de la idéntica desconocida.

         No luchó por levantarse, se abandonó gustosa al cálido y protector envoltorio natural que, ahora, la mimaba a ella.

         Abrió los ojos y ahí estaba su ídem, mirándola fijamente. En esta ocasión, era Eva la observada, aunque tampoco le importó. Le gustaba la forma en que esos ojos, tan familiares y desconocidos a la vez, la estaban analizando.

         Eva sintió que algo se movía en su interior. Quiso sonreír, pero, para su sorpresa, fue su clónica quien lo hizo. Entonces, quiso hablar, también sus pensamientos tomaron forma de voz en la garganta de ese extraño holograma idéntico a ella.

         _ ¿Quién eres tú?_  las palabras resonaron en su mente y en su cuerpo, y lo hicieron tantas veces, que acabaron por perder su significado.

         _ ¿Quién eres tú?, ¿quién eres tú?, ¿quién eres tú?… y dentro de las palabras ya no había nada, sólo un hueco silueteado por unas cuantas letras, unidas de modo aleatorio.

Alivio y decepción. Eso fue lo que sintió Eva al despertar. Alivio, porque el sueño en el que alguien se estaba apoderando de su ser era eso, sólo un sueño; y decepción, porque se había quedado con las ganas de saber más sobre ese personaje, misterioso y extraño que, aún siendo un fiel reflejo de sí misma, le resultaba tan magnético de puro desconocido.

La decepción dio paso a la incertidumbre. El bosque era tan grande… Si Eva reuniera de nuevo el valor suficiente para volver a entrar, aunque fuera en sueños, tampoco tendría garantías de hallarse de nuevo frente a su igual. Quizá esa era la solución, perderse para encontrarse.

 

Señales de humo

Primero, desobedecieron mis manos: una apresó el cigarro y la otra el mechero. Ambos aguardaban su momento, agazapados hacía meses en el cajón de los cubiertos. Después, mi boca se sumó al motín, permitiendo que el pitillo enrojeciera y dando paso al placer intenso de la primera calada. Ahora, era la memoria quien me traicionaba al recordarme, no sin cierta nostalgia, la causa de mi primer Ducados: quería impresionar a David.

Miré alrededor, esperando alguna amonestación por quebrantar mi promesa antitabaco, pero nadie me regañó: las fotos de la estantería seguían escupiendo sonrisas mudas, recordándome que dentro no había nada, que mi vida se había esfumado con ellos en ese accidente.

Fin de fiesta

Hace una luna espléndida, grande y cremosa. Se me antoja francesa, cálida y distante a la vez, como Claude.

Si ella estuviera aquí, se quedaría mirando al cielo, apartándome de su mundo y cerrando la ventana que sólo a veces, las menos, dejaba entreabierta, permitiendo que me asomara a su burbuja.

“Un poco de contaminación no viene mal”, solía decirme cuando me dejaba probar algo de su irrealidad: un compendio de fiestas privadas en las que yo nunca era bien recibido. Mis sentimientos carecían de sentido de la estética, así que siempre se presentaban ante el matón que custodiaba los jolgorios de su alma, en calcetines blancos y deportivas. “Tú no puedes pasar”, y me quedaba fuera. Y Claude se reía de mí, claro. ¿Acaso pretendía formar parte de su espectáculo rojo con un corazón tan desaliñado como el mío?

Durante ese tiempo tuve que conformarme con verla bailar al ritmo suave de sus caderas, a veces, sólo a veces, sobre las mías.

Y fue precisamente una noche de fiesta, cuando estalló su burbuja. Las explosiones luminosas marcaron el compás de la descarga: derrame cerebral.

Al día siguiente llegó una invitación. Claude organizaba su última puesta en escena y esta vez me quería allí. Acudí al baile de disfraces; estaban los de siempre, los perennes invitados. El matón llevaba sotana. Esta vez me dejó pasar; para ese día escogí mis zapatos negros.

Me acerqué a la anfitriona, iba vestida de sueño. La saqué a bailar y me rechazó. Le pregunté: “¿Por qué no quieres bailar conmigo, Claude?”. Su respuesta, aunque inaudible, fue clara: “Llevas zapatos negros”.

Hace una luna espléndida y yo, con zapatos negros.