Alicias

alicias-2¿Qué tiene de extraño quedarse dormida en un prado al sol, a la hora de la siesta? Aún es verano, se puede soñar con conejos blancos, reinas de corazones y gatos de sonrisa misteriosa.

Al otro lado de la madriguera, solo aguarda el otoño, plagado de hojas, preñado de invierno doble.

En cambio aquí, en este reducto de azul y otros viejos colores, la ceguera está bien vista. ¿Qué importa lo que viene después, mientras podamos imaginar los sueños de ahora?

En este cuento, hay tantas Alicias como madrigueras. Y todo en ellas es distinto: su pelo, sus ojos, su ropa de niña bien… A veces, amanece castaña, de ojos pardos, vestida de lunes. Y busca desesperada un ‘Bébeme’ que la empequeñezca, hasta casi desaparecer. Otras, ni se la ve. Aguanta la respiración, se mantiene oculta entre el ejército de muñecas estándar, como hierba entre las hierbas. Y si una brisa la mueve, pide perdón por empujar, en vez de preguntarse si alguna vez podrá importunar por sí misma, sin falta de otros aires.

Ahí, al borde del deshielo, puedes ver a otra; sí, justo esa, la que tiembla de calor. Ha ingerido una extraña poción; esa que encierra tu pensamiento en un cuerpo bobo. Y en un intento de fuga, Alicia grita: “Estoy lista. ¡Que me corten la cabeza!

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Un día cualquiera

El Principito y su rosa

A veces, la vida duele. Escuece, como esos pequeños trocitos de piel que se desprenden del borde de la uña. Dan ganas de seguir tirando, porque en nuestra ingenuidad vital, pensamos, soñamos, que si arrancamos del todo esa telilla desprendida -suelta, sola-, el dedo, el alma, dejará de dolernos, de pedirnos una tirita y un poco de yodo que desinfecte la herida y se lleve lo rojo, lo hinchado, lo malo.

Esa vida es la misma que a veces, grita y late furiosa, como queriendo desgarrar lo que nos queda. Le ocurre como a la tarde  de cada día, cuando las sombras la ahogan ligeras, pero implacables; y entonces, como por arte de metástasis, lo negro la viste, eso sí, bien elegante, con estrellas, a modo de lentejuelas. Y nos dejamos mecer, en brazos de este fúnebre cortejo. Su arrullo nos acuna despacio, en un ciclo eterno donde la vida, a veces, duele.