Alicias

alicias-2¿Qué tiene de extraño quedarse dormida en un prado al sol, a la hora de la siesta? Aún es verano, se puede soñar con conejos blancos, reinas de corazones y gatos de sonrisa misteriosa.

Al otro lado de la madriguera, solo aguarda el otoño, plagado de hojas, preñado de invierno doble.

En cambio aquí, en este reducto de azul y otros viejos colores, la ceguera está bien vista. ¿Qué importa lo que viene después, mientras podamos imaginar los sueños de ahora?

En este cuento, hay tantas Alicias como madrigueras. Y todo en ellas es distinto: su pelo, sus ojos, su ropa de niña bien… A veces, amanece castaña, de ojos pardos, vestida de lunes. Y busca desesperada un ‘Bébeme’ que la empequeñezca, hasta casi desaparecer. Otras, ni se la ve. Aguanta la respiración, se mantiene oculta entre el ejército de muñecas estándar, como hierba entre las hierbas. Y si una brisa la mueve, pide perdón por empujar, en vez de preguntarse si alguna vez podrá importunar por sí misma, sin falta de otros aires.

Ahí, al borde del deshielo, puedes ver a otra; sí, justo esa, la que tiembla de calor. Ha ingerido una extraña poción; esa que encierra tu pensamiento en un cuerpo bobo. Y en un intento de fuga, Alicia grita: “Estoy lista. ¡Que me corten la cabeza!

Hilos sueltos

'Máquina de coser'. Fotografía de Nieves Mares.

‘Máquina de coser’. Fotografía de Nieves Mares.

Para, por, según, sobre, tras

En masa, somos así, como las preposiciones. Elementos de conexión (que se atan entre sí), invariables (sin género ni número, solo muchedumbre) y subordinadores (atrincherados tras el valor de la dependencia).
En masa, emitimos mensajes que nadie dice, pero que acatamos todos. En masa, las cosas ocurren para, por, según, sobre, tras la excusa del bien común. En masa, se te presupone, pero no existes.

Duelo

Después de ese ritual de dos, jugando a la muerte vestidos de domingo, está la pena, la procesión que va por dentro y camina contigo.
Pero el duelo encierra algo más, es presente y primera persona del verbo doler; un territorio donde yo soy la villana; el efecto lacerante del veneno que inyecté a traición, en esa piel. El lugar donde permanezco hambrienta, aún sin saberlo.

Pertenencias

Llueve dentro de casa. Se mojan las baldosas, gastadas como piedra blanda, porosa, mermada por la erosión.
Afuera también llueve, pero elijo salir y fundir todas las gotas en una sola. Lágrimas incluidas. Y me enfrento a las nubes, les echo en cara el secuestro del buen sol secante. ¿O acaso es mi culpa que una tontería, sumada a otra y a otra más… encapote cualquier cosa que sucede ante mis ojos? Si es así, entonces me pertenece todo: la lluvia, las lágrimas y las baldosas, gastadas como piedra blanda, porosa, mermada por la erosión.