Un día cualquiera

El Principito y su rosa

A veces, la vida duele. Escuece, como esos pequeños trocitos de piel que se desprenden del borde de la uña. Dan ganas de seguir tirando, porque en nuestra ingenuidad vital, pensamos, soñamos, que si arrancamos del todo esa telilla desprendida -suelta, sola-, el dedo, el alma, dejará de dolernos, de pedirnos una tirita y un poco de yodo que desinfecte la herida y se lleve lo rojo, lo hinchado, lo malo.

Esa vida es la misma que a veces, grita y late furiosa, como queriendo desgarrar lo que nos queda. Le ocurre como a la tarde  de cada día, cuando las sombras la ahogan ligeras, pero implacables; y entonces, como por arte de metástasis, lo negro la viste, eso sí, bien elegante, con estrellas, a modo de lentejuelas. Y nos dejamos mecer, en brazos de este fúnebre cortejo. Su arrullo nos acuna despacio, en un ciclo eterno donde la vida, a veces, duele.

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Señales de humo

Primero, desobedecieron mis manos: una apresó el cigarro y la otra el mechero. Ambos aguardaban su momento, agazapados hacía meses en el cajón de los cubiertos. Después, mi boca se sumó al motín, permitiendo que el pitillo enrojeciera y dando paso al placer intenso de la primera calada. Ahora, era la memoria quien me traicionaba al recordarme, no sin cierta nostalgia, la causa de mi primer Ducados: quería impresionar a David.

Miré alrededor, esperando alguna amonestación por quebrantar mi promesa antitabaco, pero nadie me regañó: las fotos de la estantería seguían escupiendo sonrisas mudas, recordándome que dentro no había nada, que mi vida se había esfumado con ellos en ese accidente.

La sombra de lo que fuimos


Querer volver atrás es algo así como intentar darle cuerda a un reloj de arena: no hay ruedecilla que manipular; sólo queda esperar a que los granos se junten y repetir el giro tantas veces como se nos permita, para recomponer la escena perdida.

Entre vuelta y vuelta, ajenos al perverso mecanismo que esconde esa aparente simplicidad, nos afanamos en postergar encuentros, acciones, promesas…, en la creencia de que, más adelante, seguirán allí, esperando por nosotros, como instantes congelados.

Nos dejamos seducir por espejismos creados a voluntad propia, como sucede en ese duermevela en que sabemos que debemos hacer algo y nuestro cerebro boicotea el despertar, recreando la ilusión de que ya lo hemos hecho. Así, la conciencia deja de molestar y nos permite seguir durmiendo hasta que se hace tarde.

Llegado el momento de cobrar, las deudas llaman a nuestra puerta: un día es la nostalgia, otro la soledad. Enseguida se presentan también la necesidad y la culpa. Es entonces cuando regresamos a los cuartos donde guardábamos para luego.

Sacamos el manojo de llaves, algo nerviosos, apurados por el plazo que vence; abrimos una puerta y luego otra, y así, hasta comprobar que todas las habitaciones tienen un único huésped. Alguien que nos recuerda vagamente a quien se alojó allí por vez primera: la sombra de lo que fuimos.